Otra vez en manos de taxistas

Otra vez en manos de taxistas
Otra vez en manos de taxistas

Una noche de invierno en Buenos Aires y, aprovechando la ausencia de mi adorado Víctor, acepté la invitación de mis tres amigas para salir a bailar.
Lo pasamos muy bien, nos divertimos bastante entre nosotras, bailamos con algunos tipos algo pesados y, naturalmente, a todas se nos fue un poco la mano con el alcohol…

Cuando quise acordarme, algo medio mareada después de tantos tragos, me encontré sentada sola en un rincón; ya que mis tres amigas andaban esa noche mucho más calientes que yo y terminaron aceptando una por una, la invitación de algunos hombres que les ofrecieron llevarlas a “un lugar más tranquilo”…

Esa noche en realidad, yo había salido con ánimo de divertirme y sin pretender andar cogiendo con desconocidos; así que, después de otro par de tragos, verifiqué que mis amigas ya no estaban en ese boliche y entonces decidí regresar a casa.
Eran casi las cinco de la mañana y afuera hacía un frío tremendo.
Cerca de la entrada del boliche había una fila de taxis y entonces me subí al primero que encontré disponible. En ese momento me di cuenta de lo mareada que estaba por el alcohol, porque más que sentarme en el asiento trasero, me despatarré de manera desprolija como buscando apoyo.

El taxista giró su cabeza y debe haber disfrutado de ver el espectáculo de mi tanga blanca, ya que mis piernas quedaron abiertas mientras yo trataba de acomodarme mejor. El tipo no dijo nada, pero, a pesar de mi mareo, pude ver que me devoraba con una mirada hambrienta…

No le presté demasiada atención al hombre, solamente le dije la dirección y tiré la cabeza para atrás, como buscando el aire que me faltaba.
Pero alcancé a notar como el chofer reacomodaba el espejo retrovisor, tal vez para deleitarse con mis piernas, ya que mi falda era demasiado corta y no dejaba nada para que trabajaran los ratones…
El viaje iba a ser medianamente largo; así que cerré los ojos para tratar de relajarme y reponerme un poco. Pero me sentía muy liviana, empapada en alcohol…

Un rato después yo seguía con los ojos cerrados, cuando escuché que el taxista hablaba por la radio con alguien, para encontrarse a desayunar.
Abrí los ojos y me desperecé cuando noté que el auto detenía la marcha. Miré por la ventanilla y, a pesar de la oscuridad, pude ver que estaba todavía muy lejos de mi casa.
El taxi se detuvo detrás de otro que estaba estacionado.

“Qué pasa…? Esta no es mi dirección” Le dije al hombre, ya despabilada.
“Ya lo sé, tranquila, nena…” Respondió el tipo en voz baja.
De repente la puerta trasera se abrió y otro hombre que se había bajado del taxi estacionado adelante, se sentó a mi lado.
“Te dije que iba a conseguir un lindo gatito a la salida de ese boliche…”

Dijo sonriendo mi chofer, mientras su amigo se acomodaba a mi lado, recorriendo mi cuerpo con su mirada cargada de lascivia…
“Parece que la señorita no consiguió nada esta noche… por suerte, aquí estamos nosotros para solucionar ese detalle…” Dijo riendo su amigo.

Mientras decía todo eso, empezó a acariciarme los tobillos y sus manos comenzaron a subir hasta mis muslos. Intenté debatirme y traté de abrir la puerta para escapar, pero el sistema estaba trabado y no lo pude lograr.
Una de sus manos tocó mi cara y la otra me aferró por el cuello. Su dedo pulgar hizo un poco de presión contra mis labios y logró abrirme la boca.

El chofer adelante ya se estaba masturbando y alentaba a su amigo:
“Dale Negro, mostrémosle a la nena cómo atendemos a las mujeres”

El Negro sonrió y comenzó a desabrocharme la blusa, mientras me pasaba la lengua por las orejas y el cuello. Yo todavía tenía su dedo en mi boca y no podía gritar, pero intenté zafarme y lo mordí.

“Ayy turra, así que te gusta por las malas entonces?”. Se quejó.
Su expresión de enojo me aterró, su cara traslucía un estado de ira total. Me quedé petrificada y callada, dejándolo hacer lo que él quisiera.
Me arrancó el corpiño y empezó a chuparme las tetas. Me mordía y succionaba los pezones de manera desenfrenada. Yo ya estaba acostada y el tipo se había posicionado casi encima de mí, empezando a tocarme la concha por encima de mi tanga.
La fricción me provocaba bastante dolor. Me arrancó la tanga de un solo tirón seco y eso me hizo arder los labios vaginales. Grité y chillé.

“No grites tanto, puta… si apenas te empiezo a tocar…” Me dijo el tipo.
De repente y sin aviso, me metió uno de sus gruesos dedos hasta el fondo de mi concha, haciéndome gemir por la sorpresiva intrusión.
“Así está mejor, putita… veo que te gusta mi dedo bien adentro…” Sonrió.

Se sentó y abrió el cierre del pantalón, buscó y sacó una pija enorme, bien endurecida y con una gruesa cabeza que ya dejaba escapar líquido pre-seminal. Me miró con una sonrisa cargada de lascivia.
“Hoy es tu noche de suerte, nena… esta verga es toda tuya…”

Me aferró por la nuca y me hizo acercar la cabeza a esa magnífica pija dura. Me la metió en un solo embate hasta el fondo de mi garganta. Traté de resistirme y eché mi cabeza atrás, dando arcadas.

“Vamos, puta… no te hagas la difícil conmigo…” Insistió el turro, volviendo a meterme su verga despacio entre mis labios abiertos.
Ahora el tipo dejó que yo dirigiera los movimientos; así que suavemente comencé a lamer ese tronco desde la cabeza y muy de a poco me la fui tragando entera. Se la chupé y jugué con mis dientes sobre esa pija.

Me fue llevando de la cabeza al ritmo de bombeo que él mismo quería y yo muy sumisa me dejé llevar por los deseos de su mano.
En menos de dos minutos de vaivén armonioso, el Negro por fin descargó sus primeras oleadas de semen caliente dentro de mi boca.
Mientras su amigo seguía sentado adelante, ocupado en su paja eterna.
El Negro con sus dedos me apretó la nariz, para que en mi intento por tomar aire me tragara toda su leche. Me vio hacerlo y se rió con una sonora carcajada.

Su pija inmensa estaba otra vez parada, apuntando hacia el techo; así que el Negro me tomó por la cintura y me sentó encima de él, haciéndome mirar hacia adelante. Entró toda de un solo golpe y me dolió todo el cuerpo cuando sentí que se deslizaba hasta el fondo de mi vagina, dilatándome como nunca.

Con sus manos aferradas a mis caderas empezó a manejar el galope de mi cola sobre su fornido cuerpo. Su tremenda pija comenzó a provocarme placer; mientras ese tipo me movía sobre ella a su entera voluntad…

Fue ahí cuando el otro taxista me agarró de los pelos y metió mi cabeza entre los dos asientos. Pude ver su enorme verga a centímetros de mi cara.
“A ver, nena, cómo se la chupaste a mi amigo?”

Entonces me metió con todo su ímpetu esa dura pija en mi boca, ahogándome con semejante mordaza. Mis labios comenzaron a subir y bajar por ese gran tronco, mientras el Negro desde detrás me bombeaba la concha sin piedad.

En unos segundos más, por fin el tipo acabó en mi boca, agregando más semen salado al que ya me había hecho tragar su amigo.
El Negro me seguía cogiendo como loco y sus dedos habían empezado a entrar y salir de mi estrecha puerta trasera. Ya podía adivinar sus intenciones.

Metió uno y después dos dedos, dilatándome el esfínter anal mientras yo me retorcía de dolor, ya que la fricción sin lubricante era bastante insoportable y me ardía mucho.
De pronto sentí que me levantaba por las caderas y se salía de mi concha. Pero la pausa fue breve; apenas lo que duró en pasar esa pija desde la concha hasta mi culo sin escalas. Empujó con todo y en el cuarto embate entró completa hasta el fondo de mi ano. Grité, gemí, lloré y resoplé.

El Negro la tenía todavía más dura que antes. Bombeaba y bombeaba dentro de mi culo como manejando los tiempos de su enorme verga.

Su amigo aprovechó para meterme otra vez su pija en mi boca.
Así estuve otros cinco minutos, con una pija en la boca y otra en mi culo.
Ambos acabaron al mismo tiempo. El taxista explotó en mi boca mientras gemía y gritaba como un poseído.

El Negro hizo su embestida final en base a un potente y violento empujón y me llenó el culo de leche hirviendo. Quise gritar pero de placer, sentí que mi cuerpo se elevaba y mis piernas ya no eran mías. Pero traté de reprimir mi placer y no di señales de nada, para no hacer más evidente su triunfo.

El Negro me sacó su verga todavía erecta y me dio una cachetada en las nalgas que me ardió por largo rato. Me levantó hasta casi tocar el techo con mi cabeza y me plantó un beso de lengua en mi concha que me dejó todavía más loca de lo que ya estaba. Sonrió y me dijo:
“Viste, nena… algunos hombres sabemos tratar a las mujeres…”.

Después me acarició la cara, abrió la puerta y bajó, yendo hacia su auto.
Mi taxista arrancó y unos minutos después me dejó en la puerta de mi casa.
“El viaje va por cuenta de la casa, nena…” Me dijo con cierto cinismo.
“Cuando quieras un poco más… te paso a buscar en mi taxi…”

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