La amiga de mi sobrina

La amiga de mi sobrina
Cómo pasa el tiempo. Hace nada estábamos jugando con mi sobrina Beatriz siendo una niña y ahora estamos en su 18º cumpleaños. Me invitó a una merienda para celebrarlo en familia y con amigos/as. La verdad es que yo, con mis 35 años, nunca me había interesado por chicas tan jóvenes. Estoy casado y siempre había fantaseado con mujeres más mayores que yo. Llegué a casa y le entregué mi regalo. En la merienda estaba toda mi familia y grupo reducido de sus mejores amigas. Ciertamente me impactó desde el primer momento Sara, su mejor amiga, siempre la había visto muy niña y nunca se me pasó nada diabólico por esa misma razón, las veía como niñas pequeñas.

Sin embargo, ese día Sara me centró el pensamiento. No había caído que con 18 años ya eres mujer en mayúsculas. Se había teñido el pelo de rubio y vestía unos shorts muy ajustados. Su camiseta era de manga corta muy ceñida (estábamos en verano), eso realzaba sus juveniles pechos. Los shorts, por cierto, dejaban mostrar unas piernas perfiladas muy hermosas y lograba redondear un culo perfecto. No pude dejar de mirarla en toda la merienda e incluso sentí alguna dureza en mi pene que tuve que manosear disimulamente.

La había escuchado de refilón que se estaba quedando sin batería en el móvil y que necesitaría buscar el cargador del teléfono, que se ubicaba en la habitación de mi sobrina. Sopesé mi oportunidad. Me adelanté y, entre la multitud y la música, me retiré de la fiesta sin que nadie se percatase. Me infiltré en la habitación de mi sobrina y me escondí en un amplio armario. Todo salió a pedir de boca, Sara entró solo cinco minutos después. Tenía el cargador en una pequeña bolsa de deporte que se había llevado para pasar la noche con mi sobrina. Yo la observaba con la puerta del armario entreabierta. Cuando se agachó para buscar el cargador en la bolsa que estaba en el suelo, pude percibir su culo delante de mí. Era hermoso y perfecto.

Nunca había sentido esa sensación de arrebato. Necesité salir rápidamente y agarrarla desde atrás. La incorporé contra la pared y pese a su sorpresa, ella no emitió ningún grito de auxilio. Le puse la mano en la boca y le dije que siguiera así, sin gritar. Ella obedeció. Le pasé mi parte frontal con un bulto desplegado -que ya ustedes conocen- rozando y sobando su culo. Me excitaba muchísimo. Le abrí el botón de los shorts y le metí la mano dentro de su braguita buscando su coño. Con dos dedos empecé a jugar. Ella empezó a relajarse ante la situación y empezó a disfrutar.

Pronto le bajé el short y me saqué mi potente rabo duro. Ella seguía contra la pared. Tras humedecerlo con un par de salivazos, busqué su ya ardiente coño. La penetré sin dudarlo. En ese momento ella tuvo que ponerse de puntillas porque le sorprendió el tamaño grueso de mi miembro. E incluso emitió un leve gemido que nadie escuchó.

Empecé a bombear con fuerza. La tensión de ser una chica tan joven, de estar en un cumpleaños familiar y de la posibilidad de ser descubiertos me aceleraba y me excitaba cada vez más. Mis empujones eran cada vez más fuertes.

Follarme un coño tan nuevo me parecía lo máximo. Manosear sus pechos me gustaba. En el pensamiento tenía correrme en la parte de arriba de su culo, pero no pude aguantarlo y en el último empujón brusco contra la pared le vertí dentro toda mi leche. Las últimas batidas fueron realmente violentas, esa chica definitivamente había sacado todo lo que llevaba dentro. No sé si sabía lo que significaba correrme dentro de ella, pero espero que tome medidas ante este asunto.

La merienda siguió sin demasiadas novedades, salvo alguna mirada lasciva entre la joven cerda y yo. No era mi cumpleaños, pero me llevé un gran regalo.

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