Doña Rocío, la sirvienta. Segunda parte

Anal

Doña Rocío, la sirvienta. Segunda parte
El resto de la mañana apenas hablamos. Yo me sentía fatal por la situación vivida, pero por otro lado era inevitable fantasear. Recuerdo que aquella toda la mañana dándole vueltas a la cabeza, y fui incapaz de concentrarme para estudiar.

Al día siguiente doña Rocío subió a ver si estaba despierto, para subirme el desayuno. Llevaba más de una hora despierto leyendo, y yo solo había conseguido ir al baño para hacer pis con ayuda de mi silla de ruedas, y, de paso, me había hecho una paja para ver si no me volvía a pasar la situación tan vergonzosa del día anterior, aunque también pensaba que doña Rocío tendría más cuidado y no me ayudaría a lavarme en ciertas partes.

– Buenos días, Javier. ¿Llevas mucho levantado?

– Buenos días, Rocío. Ya llevo una hora leyendo.

– Te acerco al baño si lo necesitas.

– No te preocupes, ya fui esta mañana con la silla, no aguantaba más.

– Pues ven, que te ayudo a sentarte junto a tu mesa, y te subo el desayuno.

Con mucho cuidado se acerco, me abrazo agarrándome por las axilas para incorporarme sobre la pierna buena, y pude sentir su calor. Reconozco que era un placer poder tener la excusa para abrazarla.

Acabé de desayunar, y ella andaba limpiando por la planta de arriba, así que vino a ayudarme al sentir que salía al pasillo.

– Vamos, que te acerco al baño para que te laves los dientes.

– Si no le importa, me acerca también la maquinilla eléctrica y ese espejo, que voy a afeitarme.

Mientras tanto sentí como entraba al cuarto, y retiraba la bandeja desayuno. Y volvía a subir para seguir con la limpieza de la planta superior.

Acabé de afeitarme, y necesitaba algo de loción, pero la tenía en la balda superior, así que avisé a doña Rocío.

– Rocío, ¿me puedes alcanzar la crema hidratante para la barba?

– Sí, hijo. Ya voy.

Según entró, la veo que vuelve a aparecer con mi ropa de estar en casa, y muda de calzoncillos. Para mí fue una esperanza que la situación del día anterior no la había alejado de mí, y aunque doña Rocío me excitaba mucho, tenía miedo a que algo así la hubiera hecho tomar precauciones conmigo. En el fondo era la mujer que más cerca tenía, con la que había sentido despertar mi sexualidad, y mi inexperiencia me hacía ser muy prudente y temeroso de hacer algo incorrecto.

– Antes de que te eches la crema, voy a asearte, y a ver como puedo lavarte ese pelo, que lo tienes indecente.

Me desnudó de cintura para arriba, y por suerte el baño era muy grande y tenía una banqueta larga, con lo cual yo me senté, tumbé la espalda, de manera que la cabeza quedó sobre la bañera, y así pudo lavarme el pelo. Todavía recuerdo la sensación maravillosa de sus dedos masajeando mi pelo. Luego me lo aclaró con mucho cuidado de no salpicar fuera, y poniendo una toalla bajo mi cabeza, me ayudó a incorporarme.

– No te muevas del banco, Javier, que aquí te lavo mejor y tengo el grifo de la ducha al lado, pero ven, que te quito toda la ropa, y así no te mojo el pantalón del pijama. Échate hacia atrás, que te ayudo a quitarte el pantalón.

Por un momento me quedé callado, y me volví a poner colorado.

– No me digas que ahora tienes vergüenza, si ya te he visto desnudo ayer.

– Bueno, un poco sí me da, y más después de lo que me pasó ayer.

– No te preocupes, hijo, son cosas que pasan, y más a tu edad. Quizás me sorprendió algo, ya que solo he visto así a mi marido, y de eso hace ya años. Seguro que hoy estás más tranquilo, tendré más cuidado.

Me recosté, y doña Rocío tiró del pantalón y el calzoncillo, sacándolo con cuidado por la pierna lesionada. Acto seguido me senté, con los antebrazos tapando ligeramente mis partes. Doña Rocío me comenzó a lavar el cuerpo, y a aclarármelo con mucho cuidado y delicadeza. Tanta delicadeza hizo que empezara a notar que se me volvía a poner morcillona, así que intenté pensar en fútbol u otras cosas, pero no surtía efecto para que se relajase aquello. Luego me pidió que me tumbara sobre el banco, y apoyó mi pierna sobre la silla de ruedas para que estuviera en alto, y comenzó a lavarme con cuidado primero la pierna operada. Luego, con mucho cuidado agarró la pierna buena, y la sujetó entre su brazo izquierdo y su cuerpo, sintiendo uno de sus pechos apoyados sobre mi espinilla. A esto último no pude resistirme, y mi polla se puso tiesa como una roca. Bajó con la esponja hacia mis ingles, y comenzó a enjabonarme las ingles y la raja del culo levantado y abriendo un poco más la pierna buena.

– Pero Javier, ¿otra vez te has puesto así?

– Perdón, lo siento.- Dije tapándome mis partes.

– Anda, no te preocupes, y quita las manos, que te tengo que limpiar ahí. Pero anda que no te empalmas con facilidad.- Dijo soltando una risita nerviosa.

– Bueno, no me suelo poner así con facilidad. Imagino que es por la situación.

– Pero qué situación, si solo te estoy lavando.

Mientras hablábamos, ella empezó a lavar mi vello púbico, mientras pasaba la esponja por debajo de mi pene, y con el dorso de sus dedos era inevitable que me lo tocara.

– Ya, pero estar desnudo, siendo tocado por una mujer tan bonita como usted. Uno no es de piedra.

– Anda, y deja de decir bobadas. Que la que se pone colorada ahora soy yo.

– Lo digo de verdad, y me siento mal porque seguro que está pensando de todo de mí, y no pretendía ofenderla.

En esto comenzó a frotar con cuidado mis testículos, y mi respiración se aceleró y mi polla se movió al coger más dureza.

– No te preocupes, pero me llama la atención que yo pueda provocar algo así, y menos en un joven tan atractivo como tú, que debe tener a un montón de chicas locas.

– Es que nunca he estado con ninguna chica, y ayer fue la primera vez que una mujer me tocó.

– Pues entonces no te preocupes, sería la situación. Ahora te tengo que lavar esta parte que tan dura se te ha puesto.

Y con dos dedos levantó mi polla dura y comenzó a frotarla con mucho cuidado. Me dejé caer hacia a atrás, y a respirar de placer.

– Pero chico, cualquiera diría que estamos haciendo otra cosa.

– No pares, por favor, no pares.

Los ojos de doña Rocío se abrieron de par en par al escucharme decir eso, y verme con esa cara de placer suplicarle.

– Javier, pero qué van a pensar tus padres si se enteran que te he tocado para darte placer. Además soy una mujer casada, y nunca he hecho esto que me pides.

– Perdón, doña Rocío, me dejé llevar por la situación.- Y rápidamente me tape mis partes, rojo de la vergüenza.

– No hay nada que perdona, supongo que no eres de piedra, y los hombres sois muy fogosos.

– De verdad, que lo siento mucho. Me siento fatal. No era mi intención ofenderla. No digas nada a mis padres.

– Pero qué quieres que diga. Si no has hecho nada malo. Solo que comprende que soy una mujer mayor y no estoy acostumbrada a estas cosas. Tranquilo, que ni se me ocurre contar nada de esto.

– Muchas gracias. Deje, que ya me acabo de aclarar yo, me muero de vergüenza.

– Mira, y no seas tonto. No quiero que estés mal conmigo por esta tontería. Deja, y acabo de aclararte yo.

Agarró la esponja, la metió bajo el grifo, y apartó con su otra mano mis manos que cubrían mi miembro, ya no tan duro, pero todavía sin haber bajado de tamaño del todo.

– De verdad, doña Rocío, que me siento fatal por lo sucedido, y no quiero que piense que me quería aprovechar de usted.

– No te preocupes, Javier. Eres buen chico, y perdóname a mí, que quizás en estas cosas soy un poco tonta y estoy un poco chapada a la antigua, pero eres un sol de muchacho.

Agarró mi miembro para aclarar mi bello púbico de restos de espuma que aún tenía, y fue inevitable que se me volviera a poner como una piedra.

– Lo siento, Rocío. Es que no puedo evitar que se me ponga así de dura.

– Calla, y no digas nada, muchacho.

Cogió la esponja, y comenzó a frotarme la polla suavemente hasta quitarle todo el jabón. Sin soltar mi miembro, cogió la toalla, y suavemente secó mi vello púbico y mis testículos, y metió la mano con la toalla para secar mi raja del culo. Fue tocar mi ano para secar, y mi polla pegó un respingo de placer, y solté un gemido. Doña Rocío, se sorprendió de mi reacción, pero no soltó mi miembro. Yo seguía expectante, ya que ella me agarraba, pero tampoco hacía nada. Se quedó mirándola con ella en su mano, y mi mástil duro como una piedra.

– Me tiene muy caliente, doña Rocío. Y estoy deseando que me haga algo, pero no quiero ofenderla.

– No me ofendes, muchacho. ¿Pero hoy no te veo explotar como ayer?

– Mueve la mano de arriba hacia abajo sin soltarla, por favor.

Ella comenzó el movimiento torpemente, pero a mí me pareció maravilloso. En aquel instante estaba en la gloria. Como me había corrido, estaba aguantando, y no quería correrme tan rápido, y seguir disfrutando.

– Perdona, se me cansa la mano, espera que cambio.

Agarró con la mano derecha, arrodillándose y apoyando su pecho sobre mi pierna. Era maravilloso sentir su carne sobre mí. Ya no podía aguantar más, y de pronto mi polla comenzó a latir con fuerza, y escupir semen hacia todos los lados por el meneo que me estaba dando. Los ojos de doña Rocío se abrieron al verme explotar, y siguió pajeando al mismo ritmo.

– Pare, por favor, me duele.

– Lo siento, perdona.

– Muchas gracias, Rocío. Ha sido maravilloso.

– Oye, pues no ha sido para tanto, es la primera vez que hago una paja a un hombre.- Y se echó a reír a carcajada, soltando toda la tensión del momento.

– Hay que ver lo escandaloso que es eso cuando se corre. No sabía yo que los hombres cuando laten, hacían eso. Ayer casi ni me fijé, pero lo has puesto todo perdido.

Cogió la esponja, y comenzó a limpiar las gotas que había por mi cuerpo y por mis piernas.

– Mira, hasta me has salpicado la camisola.

Tenía un par de gotas sobre unos de sus pechos. Se levantó de donde estaba arrodillada, desabotonó un par de botones, para limpiar, dejando a la vista parte de su sujetador, aclaró la esponja, y se la pasó por la camisa, dejándola empapada.

– Anda, Rocío, que se ha empapado la camisola entre lavarme y limpiarse mi semen. Tenga cuidado, y no se vaya a enfriar. Séquelo con el secador.

– Espera, Javier, que primero te visto, y luego me seco esto un poco.

Me ayudó a vestirme de cintura para abajo.

– Anda, Rocío, coge el secador y sécate, que ya me visto yo de cintura hacia arriba.

Ella cogió el secador, y de espaldas a mí vi como hacía el movimiento de quitarse algún botón más de la camisa, y comenzó a secársela separándola del cuerpo.

Acabé de vestirme, y con cuidado agarré la silla de ruedas para sentarme yo solo. Al verme por el rabillo del ojo que intentaba sentarme solo, apagó el secador, y se dio la vuelta.

– Espera, que te ayudo. No te vayas a hacer daño.

Tenía la camisa abierta un poquito, y se veía su escote, y un poco su sujetador, pero poca cosa, aunque a mí me pareció una vista maravillosa. Doña Rocío acercó la silla y me agarró para sentarme. Al bajarme hacia la silla, su camisa se abrió, mostrando esos dos pechos enormes, a medio tapar por un sujetador color carne, y apenas a unos centímetros de mi cara.

Al darse cuenta doña Rocío donde miraba, su instinto fue cerrar un poco con la mano su escote.

– Perdona, que no me di cuenta que llevaba la camisa sin abotonar.

– ¿Perdón? Pero si ha sido una vista preciosa.- Le dije soltando una risa.

– ¿Vista preciosa? No digas bobadas, si soy gorda y mayor, y encima te estás riendo.

– De verdad, que no me río de usted, solo le era sincero, y no quería m*****ar con mi comentario.

– No me m*****a, Javier, pero entiendo que soy una mujer casada, y ya ni a mi marido le dejo que me vea en paños menores.

– Pues una pena, porque si yo fuera su marido, la trataría como a una reina. Tiene mucha suerte de tener una mujer tan bonita y buena como usted.

– Anda, deja de decir bobadas, que ya hemos hecho muchas hoy.

Doña Rocío se dio la vuelta para seguir secándose, pero por el reflejo del espejo, pude ver su cara de lado, y como esbozaba una sonrisa. Parece ser que mi halago le había gustado. Allí la dejé acabando de secarse.

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