Problemas con mi Hijo

Problemas con mi Hijo
Decidí visitar a Claudia, mi mejor amiga, para que me aconsejara y me ayudara a resolver un inconveniente que me estaba quitando horas de sueño. Ambas rondamos los 40 años, aunque yo tengo un par más… o dos pares más, en fin, a una dama no se le pregunta la edad. Ella decidió mantenerse soltera y sin hijos, en cambio yo soy divorciada y tengo un hijo llamado Franco de 19 años que no es para nada buen estudiante. Ya repitió de años varias veces y aún sigue en el secundario, pero no es ese el problema que me preocupa en este momento.

Mi amiga me recibió con una amplia sonrisa que en lugar de sumarle años, marcándole las patas de gallo, se los restaba al iluminar tanto su bonito rostro. Ella es una rubia preciosa con un cuerpo algo trabajado con imperceptibles cirugías que le garantizaban la figura de una veinteañera que resaltaba con un sutil bronceado. Al estar juntas contrastábamos mucho, mi cabello es oscuro y tengo la piel pálida, algo deteriorada con el paso de los años. No me explico cómo es que hay mujeres que llegan a esta edad viéndose como de 28. Para no deprimirme puedo decir que a pesar de alguna que otra pequeña arruga, no estoy tan mal. Aunque mis pechos y cola ya no se mantienen tan firmes como antes, al menos mantengo un buen peso lo cual me ayuda un poco restando algunos años.

Entré a su casa y nos sentamos a tomar un té, pero no me atreví a tocar las galletitas dulces que me ofreció, aunque luego en mi casa me comiera un paquete entero yo sola.

– A ver, contame cuál es ese problemita que tanto te atormenta Adriana – me preguntó mi amiga

– El problema es con Franco, mi hijo, últimamente no sé qué le está pasando, hasta me da vergüenza contarlo.

– Vamos, ¿acaso no soy tu amiga? No te preocupes, confiá en mí, esto queda entre nosotras – me tranquilizó.

– Muchas gracias Claudia. Te voy a contar. Creo que es mejor que empiece por el principio. El problemita empezó hace unas semanas cuando me llamaron de la escuela de Franco. Tuve que reunirme con una de sus profesoras, la mujer parecía muy indignada y de personalidad rígida a pesar de ser tan jovencita, no debe tener más de 31 o 32 años. Me aseguró que mi hijo se había comportado de una manera sumamente irrespetuosa. Al parecer ella estaba hablando a solas con Franco por su bajo rendimiento en la materia que dicta y él sin previo aviso se bajó el pantalón y le pidió que le haga un… que le hiciera sexo oral. Yo no podía creer lo que me decía, cuando al fin me terminó convenciendo de que era verdad le prometí que reprendería a mi hijo y que jamás volvería a suceder algo parecido. El problema siguiente fue que no me anime a hablarlo con Franquito, no sabía cómo entablar la conversación y dejé que el tiempo pase rogando que él ya no actuara de esa forma. Hace un par de días me llamó por teléfono esta misma profesora diciéndome que volvió a suceder eso que yo tanto temía y que se vería obligada a hablar con el director para ponerlo al tanto del asunto y que suspendan a Franco del colegio. Le rogué que no hiciera eso, le aseguré que esta vez sería más severa con Franco. Ella me dio otra oportunidad pero me dijo que de todas formas debía notificar al director y que yo debería reunirme con él algún día. Yo no tengo problemas en ir a hablar con el director, él va a entender que son cosas típicas de la edad, pero hablar del tema con mi hijo me cuesta muchísimo, no quiero avergonzarlo.

– Entiendo perfectamente Adriana.

– ¿Ah sí? Porque yo no entiendo nada.

– Parece un problema serio si se lo mira desde esa perspectiva, pero es más simple de lo que parece. Lo que pasa es que el chico ya entró en la pubertad y le debe gustar la profesora, es algo típico a su edad, como bien dijiste. El pobre no debe ni saber cómo encararla seriamente, tal vez mira muchos videos porno y piensa que todas las mujeres son como las de esos videos – me inquietó un poco pensar que mi hijo pudiera estar mirando pornografía, pero eso explicaría muchas cosas – Si querés puedo hablar con él, no va a ser tan vergonzoso hablarlo con alguien que no es familiar. Además tengo buen tacto y mucha sutileza.

– ¿Harías eso por mi amiga? Muchas gracias, no tengo palabras para agradecerte. Lo del tacto y la sutileza no te lo creés ni vos, pero en serio, gracias.

Acordamos un día para que ella valla a mi casa, el plan era que nosotras estaríamos charlando como cualquier tarde normal y yo debía irme con la excusa de comprar algo, dejando a Claudia sola con Franco. Como el chico estaba dando vueltas por la casa como bola sin manija, no nos costó mucho trabajo convencerlo de que se una a la conversación. Todo salió perfectamente. Les dije que tenía que comprar algo urgente, tomé el monedero y salí de la casa. Aunque cambie un poquito el plan, cuando salí volví a ingresar por la puerta del patio sin hacer ruido y desde ahí me puse cerca de una ventanita y me quedé observando. Como madre me urgía la necesidad de saber qué le diría a mi hijo, hasta tenía un poco de miedo de que ella fuera demasiado cruel con él. Claudia le estaba hablando a Franco con tono maternal.

– Tu mamá está preocupada por vos Franquito – comenzó diciéndole – se enteró del incidente que tuviste con tu profesora y está tan apenada que no sabe cómo hablarte del tema – mi hijo la miraba sin decir nada – pero no te preocupes no es tan malo, es algo típico de tu edad y esa profesora se lo debería haber tomado con más humor y como mucho retarte, no hacer tanto escándalo, es una frígida – mi hijo dejó salir una sonrisa, Claudia tenía un don especial para hablar con la gente, ella se estaba ganando su confianza – es lógico que a esta edad se te despierten los deseos sexuales. Tengo entendido que le pediste a tu profesora que te la chupe – él asintió con la cabeza tímidamente – ¿alguna vez te la chuparon? – mi hijo contestó apenado que no, ahora ella estaba yendo directo al problema, jamás me hubiera animado a preguntarle eso a mi hijo – ya me parecía y seguramente te gustaría poder saber que se siente – ahora fue un tímido si por parte de Franco – bueno, la solución para eso es muy simple, vení, parate acá – mi hijo pareció confundido, no se movió del lugar – dale que no pasa nada, vení – insistió Claudia con una sonrisa, entonces Franco se puso de pie junto a ella. Mi amiga estiró su mano hacia él apretándole el bulto con fuerza y luego metió la mano dentro del pantalón, fue un movimiento tan rápido que tomó al chico por sorpresa – oh, venís bien equipado Franquito – cuando sacó la mano pude ver una verga de buen tamaño algo oscura y con muchos pelitos negros. No podía creer que estuviera viendo la verga de mi propio hijo y que mi amiga lo esté tocando. Tragué saliva para reprimir el impulso de intervenir.

Claudia se arrodilló en el suelo. Con una mano lo masturbaba suavemente haciendo que su pene se ponga tieso. Él la miraba incrédulo pero se dejaba tocar, ella saco su lengua y comenzó a pasarla suavemente por el glande, luego abrió grande su boca y se tragó la verga completa. Me quedé de piedra, la muy puta se la iba a mamar de verdad. Comenzó a darle lentas chupadas mientras le apretaba los huevos, se la tragaba toda y se la sacaba despacito de la boca. De a poco fue acelerando el ritmo provocando que mi hijo gimiera. Ella se la sacaba de la boca, la lamia dos o tres veces y se la tragaba otra vez haciendo ruiditos mientras chupaba sin parar. Podía ver que el pene abultaba una de sus mejillas.

– Dale Franquito, apurate a acabar que ya está por venir tu mamá – le decía mientras lo pajeaba, siguió chupándosela con más fuerza, sus cabellos dorados saltaban para todos lados con el rápido movimiento de su cabeza – a ver si con esto terminás más rápido – dijo sacando sus grandes y firmes tetas por el escote y poniendo la verga entre ellas y frotándola dándole chupadas al glande hasta que un chorro de líquido blanco salió de la verga chocando directamente contra los labios de Claudia, mi hijo empezó a llenarle las tetas, la cara y el cuello de abundante leche, ella lo pajeaba y le daba chupadas tragándose parte de lo que salía, luego se la mamó hasta que quedó muerta – anda para tu cuarto ahora q seguramente ya vuelve tu mamá.

Franco se fue satisfecho a su cuarto y Claudia se disponía a limpiarse con el agua de la pileta de lavar, entonces me asomé por la ventana para que pudiera verme. No se asustó, creo que ella sabía que yo estaba ahí.

– ¿Ese era tu brillante plan para ayudar a mi hijo? – le pregunté

– Así es, y estoy segura de que funcionó – me decía mientras jugaba con la leche que tenía salpicada encima – ahora ya sabe lo que es un pete, se dio el gusto, no la va a joder más a la profesora.

– Espero que tengas razón, bueno aunque el método me pareció un poco drástico, gracias amiga por tu ayuda.

– De nada Adriana, además hice tantos petes en mi vida que hacer uno más no me afecta en nada.

– Claro… que le hace una raya más al tigre… – me quedé mirando sus grandes tetas salpicadas por el semen de mi hijo.

– Tigresa… – corrigió mientras se llevaba un dedo lleno de espesa leche a la boca.

– ¿Está rica? – le pregunté irónicamente.

– Muy rica ¿Querés un poquito?

Pasó la mano por una teta cargando en ella una buena cantidad de blanco semen y cruzó con ella el marco de la ventana hasta tocar mi boca. El líquido sexual se me impregnó en los labios.

– ¡Ay no, que asco! – me quejé y escupí porque podía sentirlo dentro de mi boca, pero por instinto metí mi labio inferior dentro de la boca y sentí algo espeso en mi lengua, me quedé con la mente en blanco, como saboreándolo. Era el semen de mi propio hijo.

– ¿Hace cuánto que no tomás la lechita Adriana? – me preguntó mientras se lavaba.

– Mucho tiempo – un extraño cosquilleo invadió mi entrepierna.

Desde el evento con Claudia mi hijo quedó más relajado y feliz, me alegraba verlo de esa forma. Por desgracia eso sólo duró unos días. Empecé a notar que a él se le paraba todo el tiempo, era una situación muy incómoda para ambos. A veces intentaba disimular y se iba al cuarto, yo me hacía la boluda como si no hubiese visto nada, pero me apenaba un poco saber que no podía controlar su excitación, ni siquiera frente a su madre. Hubo ocasiones en las que fue muy evidente mi reacción, miraba asombrada su erección, pero no podía decirle nada, ni siquiera que era algo normal y que no debía preocuparse. El problema empeoró. Un día llegué a la casa luego de hacer unas compras y me sobresalté al ver a mi hijo en el sillón de la sala haciéndose una paja, él me vio al instante. Esta vez no podía quedarme callada.

– ¡Ay hijo! pero estas cosas tenés que hacerlas en tu cuarto, no en el medio de la sala – lo regañé severamente. Estaba muy enfadada y confundida al mismo tiempo. Era muy impactante verlo dándose placer.

– Ahhh, ya termino – me dijo él con voz entrecortada.

No sabía qué hacer, si lo detenía ahora tal vez lo humillaría, intenté actuar como una madre moderna y comprensiva. Fui rápido a la cocina a buscar unas servilletas de papel, se las acerqué pero no las agarró. Él movía su mano con gran rapidez sobre todo su tronco erecto, al parecer lo había lubricado bien con saliva. Pude ver que su glande estaba hinchado y gruesas venas se marcaban a lo largo de su miembro.

– Tomá, sino me vas a manchar todos los muebles – no me hizo caso.

A los pocos segundos vi la leche saltando de su pene, dibujó un arco en el aire y cayó al piso alfombrado. Me desesperé al ver eso y en un acto casi compulsivo me agaché a limpiar con la servilleta. No me di cuenta de lo cerca que su verga quedó de mi cara, no eran más de dos centímetros. Tampoco pensé que algunas eyaculaciones pueden ser intermitentes. Creí que ya había salido toda la leche pero me equivoqué. Todo ocurrió en cuestión de pocos segundos. Siguió pajeándose, otro chorro de leche saltó y fue a dar justo contra mi mejilla, atónita no tuve mejor reacción que voltear para mirar boquiabierta y otro chorro me cayó en la frente y un tercero fue a dar justo contra mi boca, cayó sobre mi labio superior y de ahí dibujó una línea inclinada hasta mi labio inferior, como si fuera un corte a cuchillo. Hasta me dio la impresión de que él había apuntado en esa dirección. Parte del semen quedó en mi lengua, pero no podía reaccionar. Me quedé mirando a Franco anonadada, con los ojos muy abiertos. Él tenía la misma expresión en su rostro. Miré su verga y ésta estaba solando unas pocas gotitas de semen que chorrearon por su tronco oscuro y venoso. Cuando intenté decir algo sentí el sabor a semen en mi boca, estaba tibio y cremoso, era mucho más de lo que yo creía. Involuntariamente lo tragué y sentí algo caliente bajando por mi sexo, fue casi instantáneo, pocas veces mi cuerpo reaccionaba de esa manera. Franco se puso de pie y se fue corriendo hasta su cuarto sin que yo pudiera decirle nada.

Era inútil intentar decirle algo en ese momento, sólo empeoraría las cosas. Me dirigí apresurada al baño y miré mi cara en el espejo, estaba llena de blanca leche. Parecía salida de una película porno. A veces el semen de los hombres es un líquido claro con algunos pocos rastros de esperma, pero éste no era el caso, el semen era bien blanco y espeso. Podía sentir como se deslizaba por mi cara lentamente. Metí la mano en mi pantalón y toqué mi vagina. Me sorprendió encontrarla tan húmeda, toqué mi clítoris y un destello de placer cruzó mi cuerpo. Solté un gemido cerrando los ojos y automáticamente pasé la lengua por mis labios recolectando más semen. Lo sostuve dentro de mi boca por unos segundos mientras introducía un dedo en mi vagina y lo tragué. Rápidamente llevé mi otra mano a la mejilla que estaba llena de semen, lo junté y me chupé los dedos desesperadamente sin poder parar de masturbarme, pero repentinamente recobré la cordura. No podía creer que estuviera pajeándome y tragándome el semen de mi propio hijo. Me lavé la cara inmediatamente y salí del baño.

Fui hasta la cocina y tomé un vaso de agua para quitarme el sabor a semen. Funcionó pero aún me quedaba la tremenda calentura de mi concha. Pensé y pensé, no sabía qué hacer, finalmente me decidí. Caminé rápidamente hasta mi cuarto y me encerré en él, me desnudé completamente y me tendí sobre la cama, me dije a mi misma que me quitaría la calentura pensando en cualquier cosa. Empecé a masturbarme rápidamente, intentaba pensar en actores de cine que estuvieran buenos o cualquier estúpida fantasía que se me viniera a la mente pero no podía dejar de pensar en esa verga soltando grandes chorros de semen o en el pete que Claudia le había hecho. Mis fluidos estaban mojando todas las sábanas pero no me importó, seguí frotando mi clítoris y en mi tremenda calentura llegué a pensar en las grandes tetas de mi amiga cubiertas por el semen de Franco, hasta me imaginé a mí misma chupándoselas hasta dejarlas limpias. A pesar de que intentaba reprimir mis pensamientos, mi libido me traicionaba. En secreto me permitía masturbarme pensando en mujeres desde hace muchos años, pero lo hacía sólo como fantasía erótica, nunca tuve la necesidad de recurrir a personas de mi género. Tuve un orgasmo y lo expresé arqueando la espalda y soltando grandes cantidades de jugo, hice lo posible por no hacer ruido mientras metía por última vez los dedos en mi concha, que me agradeció la atención ya que hacía tiempo la tenía olvidada.

Me preocupaba mucho lo sucedido pero también pensaba que se trataba solo de un infortunio porque llegue justo en el peor momento y fue mi culpa el haberme metido delante. Hice todo lo posible por reprimir lo sucedido. Actué como si nada hubiera ocurrido. Un par de días más tarde estaba sentada con Franco en el mismo sillón en el que él se había masturbado, estábamos mirando televisión. Me puse un tanto incómoda al estar sentada tan cerca de él, tuve que pararme a buscar agua y me senté en otro sillón, algo apartada. Nada me hubiera preparado para lo que ocurrió después.

Miré a mi hijo de reojo, había sacado la verga del pantalón y se estaba pajeando lentamente. Me quedé helada, no supe cómo decirle que no hiciera eso. Él muy tranquilamente se humedecía el pene con saliva y se daba cada vez más fuerte con la mano como si yo no estuviese allí. Intenté centrar mi atención en la tele pero no podía evitar pensar que ahora si me arruinaría la alfombra, pero no cometería dos veces el mismo error. El corazón se me aceleraba mientras él aceleraba los movimientos de su mano. Pasaban los minutos y él no detenía su sesión de masturbación.

– ¿Otra vez con eso? – le dije intentando sonar indignada – antes de que termines te vas para otro lado, sino me vas a arruinar la alfombra – Sus testículos parecían dos grandes bolsas recubiertas de pelitos negros.

– ¿A dónde querés que vaya? – preguntó sin dejar de pajearse.

– No sé, al baño o a tu cuarto. Donde sea, pero no me arruines la alfombra ni los muebles – siguió pajeándose frenéticamente y de pronto se puso de pie, pensé que se alejaría pero en lugar de eso caminó hasta donde estaba yo.

– ¿Si acabo acá arruino algo? – dijo apuntando su verga hacia a mí.

Me aparté pero él se me tiraba encima, lo empujaba pero termino haciendo que quede acostada en el sofá. Se puso sobre mí y mis brazos quedaron prisioneros debajo de sus rodillas. Apuntó la verga directamente hacia cara y descargó. La leche caía a montones sobre mi rostro y mi cuello, la podía sentir cálida y fluyendo sobre mí, esta vez intenté mantener la boca y los ojos bien cerrados. Cuando terminó abrí los ojos y vi esa gran verga a pocos milímetros de mi cara todavía soltando algunos vestigios de semen. Sentía la tibieza de ese líquido por toda la cara.

– ¿Pero vos estás loco? ¿Cómo se te ocurre? – lo regañé casi empujándolo para q se apartara, él se puso de pie – que estúpido que sos Franco, soy tu madre carajo, un poquito de respeto – intentaba concentrarme en la ira para no pensar en otra cosa.

– Hay no te bancás una joda vos también – me dijo desilusionado. Pensé q había sido muy severa con él – era una broma, nada más. No lo hice con mala intención.

– Perdoname hijo, es que estas cosas no son para hacer jodas, no quiero hacerte sentir mal, pero creo que te excediste un poco – en ese momento sentí una gota de semen cayendo en mi ojo derecho, hice un gesto y me lo limpié con un dedo. Pude escuchar la risa de mi hijo.

– Pero que boluda que sos, parece que te estás poniendo esas cremas de mierda que te cobran re caras y no sirven para nada – me dijo Franco matándose de risa, no tuve más remedio que reírme junto con él.

– Puede que esto me mejore el cutis más que las cremas – agregué. Se fue a su cuarto riéndose, me alegraba que la incómoda escena haya terminado con humor, aunque seguía un poco enfadada con él.

Caminé hasta el baño y cerré la puerta. Me miré en el espejo, esta vez tenía mucha más cantidad de semen en mi cara, no podía creer que mi hijo tuviera tantas reservas. Abrí la canilla para lavarme y me quedé pensando en el tiempo que había pasado desde la última vez que había estado con un hombre, estaba muy excitada. Pero no. No era el momento de sentirse así, era el semen de mi hijito. Lamí sin querer mis labios y el sabor me embriagó. Cerré la canilla y me quité el pantalón y la bombacha de un tirón. No pensaba, sólo actuaba. Me senté sobre la tapa del inodoro y comencé a masturbarme con la mano derecha y con la izquierda sacaba el semen de mi cara y lo llevaba a mi boca, me lamía los dedos con placer. Pensaba en lo cerca que había estado la verga de Franco de mi boca. Tan cerca… y tan dura… tan grande, mi concha se llenaba de fluidos y el sabor a semen me enviciaba. Siempre fui bastante reservada en temas sexuales, pero tuve varias parejas en mi vida y con ellos experimenté varias cosas, incluso el sexo anal. Levanté mis piernas flexionando las rodillas, humedecí mi ano con los jugos que salían de mi sexo. Me metí un dedo en el culo mientras con la otra mano me frotaba el clítoris. Me ardió un poco ya que hacía tiempo que no me masturbaba por allí. Estuve unos cinco minutos así hasta que llegó un rico orgasmo. Mientras acababa no pude evitar pensar en el gran problema que tenía con mi hijo.

En los días siguientes la situación empeoró en gran medida. Franco ya no tenía miramientos de dónde y cuándo se masturbaba, lo hacía a cualquier hora y en cualquier lugar, lo único que había conseguido con mis regaños era hacerlo acabar en una servilleta de papel y que cuidara los muebles y la alfombra. A mí me ponía sumamente incómoda verlo haciendo eso.

Pasó el tiempo. Un día estábamos como de costumbre mirando televisión y él se sentó al lado mío en el sofá, a los 20 minutos sacó su verga y comenzó a tocarse. Ya me había acostumbrado a que lo haga, a veces lo miraba de reojo. Lo cierto es que con su terapia de shock me había curado de espanto. Hasta me estaba pareciendo normal verlo masturbándose. Pasaron unos minutos y vi que seguía tocándola con ganas pero no se le paraba.

– ¿Te pasa algo? – le pregunté señalando su pene. Por lo general se le ponía dura enseguida.

– No sé, ni idea. No se me para.

– Ay hijo, es que estás todo el día tocándote, llega un momento en que tenés que dejarla descansar – no podía creer que ya estuviera hablando con normalidad sobre sexo.

– Pero si no me pajeé en todo el día. Y ayer tampoco – era cierto, no recordaba haberlo visto en las últimas horas.

– Mmm, que raro, a tu edad no creo que haya problemas de impotencia, al contrario. Aunque puede ser que la masturbación ya no te estimule como antes. Necesitás algún otro incentivo – me sorprendí a mí misma, sonaba como algo que diría mi amiga Claudia.

– ¿Qué tipo de incentivo? – me preguntó sin dejar de tocarse.

– No sé, como mirar fotos eróticas o algo así – recordé que su computadora estaba rota y la estaba arreglando el técnico, no podía conectarse a mirar pornografía – Comprate alguna revista erótica, yo te doy permiso, pero que no sea muy zarpada ¿eh? – me reía de mi misma, de pronto me había convertido en una sexóloga, casi me sentía superada.

– No mamá, me da vergüenza ir a comprar esas cosas.

– Yo no la voy a comprar por vos. Agradecé que te doy permiso… y que te di la idea… también me va a tocar darte la plata para comprarla…

– Ya sé cómo podrías ayudarme sin que compremos ninguna revista – me interrumpió – ¿Me dejás ver tus tetas? – la pregunta me tomó desprevenida.

– ¿Mis tetas? Claro que no, soy tu madre, ¿cómo te vas a pajear mirando las tetas de tu mamá? Estás loco Franco.

– Por favor, si yo total imagino que son las de otra persona, al fin y al cabo son tetas, todas las mujeres tienen.

– Pero hijo… no me parece… es algo…

– Es por un ratito nomás, ¡porfis! – me partía el alma verlo insistir tanto.

– ¡Ay Franco! Bueno, está bien, pero sin tocar, mirás desde ahí.

Me quité la blusa quedando en corpiño y él se acomodó para poder verme de frente con la verga en mano. Lentamente puse las manos en la espalda y desabroché mi corpiño, mis tetas son grandes y quedaron colgando delante de él con sus marrones pezones tan marcados. Franco abrió mucho los ojos, comenzó a pajearse y en unos segundos se le paró como solía hacer siempre. Me sonrió alegre porque el método había funcionado. Hasta yo sonreí por ver que se le estaba poniendo dura, toqué mis tetas desde abajo haciéndolas saltar un poco. Él se masturbaba con ganas, parecía estar disfrutando mucho. Para incentivarlo un poquito más subí mi falda un poquito, no se me veía la bombacha pero si las piernas casi en su totalidad, sus ojos subían y bajaban asombrado por lo que veía y se pajeaba cada vez más rápido. Agarré mis tetas y las levanté y empecé a hacerlas saltar otra vez. Veía como con sus dedos llevaba saliva desde su boca a su glande y seguía pajeándose sin darse tregua, yo pellizcaba mis pezones. Debía admitir que todo eso me ponía un poco cachonda.

– Mamá, ¿Dónde acabo? No traje la servilleta – me dijo.

– Ay hijo, lo hubieses pensado antes, para colmo a vos te salen doscientos litros de leche. Pero ni se te ocurra tirarme todo en la cara otra vez.

– ¿Y en las tetas? – preguntó, pude ver pos su expresión que faltaba poco para que acabe, ya imaginaba mi hermosa alfombra llena de semen.

– Ay Franco… las cosas que me pedís – medité un segundo – no, para nada. Hacelo en otra parte.

– Dale mamá, no te cuesta nada, ni siquiera tenés que moverte.

– Está bien – suspiré – acabame en las tetas – le dije sin medir mucho mis palabras, me acosté en el sofá y él se puso de pie al lado mío, apuntó su verga y en pocos instantes la tibia leche comenzó a cubrirme las tetas, por lo dura que la tenía y lo fuerte que se pajeaba supe que estaba muy excitado, la leche se deslizaba hasta mi panza y mi cuello y él frotaba su glande contra uno de mis pezones, cuando por fin terminó cayó sentado en el sillón, yo me senté en el sofá y miré mis tetas, las apreté llenando mis manos de leche.

– Me estás haciendo tratamiento en toda la piel – él se rio por mi comentario – ¿Te gusto? – le pregunté.

– Si, me gustó mucho, gracias mamá, sos la mejor – me dio un beso en la mejilla, sentí su verga contra mi brazo, ya se estaba poniendo flácida.

– Bueno, me voy a lavar, ya vengo.

Me encerré en el baño y directamente me saqué la bombacha, me senté en el inodoro y comencé a pajearme mirando toda esa leche en mis tetas. Las lamí y las apreté fuerte. Chupé mis propios pezones tragando espesa leche, estaba más rica que nunca. No me daba cuenta que estaba gimiendo mientras me colaba los dedos y frotaba mi clítoris. En eso escucho que golpean la puerta del baño.

– Mamá, ¿estás bien? – era Franco que seguramente se preguntaba por qué demoraba tanto.

– Si hijo, estoy bien – le dije poniéndome de pie rápidamente. Me apresuré a lavar mis tetas y a secarlas, me puse la bombacha otra vez, aunque estuviera mojada – ya salgo.

Cuando salí él estaba ahí parado mirándome los pechos, le sonreí y le di un beso en la mejilla. Fui hasta mi cuarto y me puse una blusa muy escotada y ya no me puse corpiño. Fue una gran suerte que me haya interrumpido, me hizo recapacitar. No podía hacer locuras como esas, por más caliente que estuviera.

Al parecer lo que pasó lo dejó tranquilo por cuatro días más o menos. Pensaba que las cosas ya se iban calmando pero cuando se me acercó en la cocina por detrás y me agarró las tetas supe que había vuelto a excitarse. Yo ni siquiera estaba usando el corpiño.

— ¡Hey! ¿Qué hacés? – le dije apartándolo de mí, vi que tenía el bulto bien grande.

– ¿Me ayudás otra vez? – me preguntó

– Que te haya ayudado una vez no quiere decir q te vaya a ayudar todos los días, y nada de estar agarrándome las tetas – sacó su verga del pantalón y la tenía bien dura.

– Dale, te prometo que no toco.

– No Franco, estoy cocinando, si empezamos con esto ahora nos sé a qué hora vamos a comer.

– Dale mami, lo único que tenés que hacer es sacarte la remera, y nada más – era mi hijo… siempre me terminaba convenciendo.

– Bueno, pero sentate ahí y te quedás quietito – le dije señalándole una silla.

Se sentó y yo me quité la blusa dejando caer mis tetas, él comenzó a hacerse la paja, para no quedarme viendo sin hacer nada continué haciendo la comida, él estaba a un costado así que podía ver bien las tetas. Le miré la verga y seguía sorprendiéndome lo grande que era, su glande brillaba y su prepucio subía y bajaba sin parar, me mordí el labio inferior.

– ¿Te podés sacar el pantalón? – me pidió Franco.

– No, ya me estás pidiendo mucho – me negué.

– Si querés dejate la bombacha puesta, pero quiero verte la cola, la tenés muy linda.

– Que halagador, pero no hijo, ya está toda caída. No es linda.

– A mí me gusta, es mejor que la de Claudia, y eso que ella se mata todo el día en el gimnasio.

Me sentí muy halagada con ese comentario, de hecho yo pensaba igual, aunque nunca se lo había dicho a nadie. Claudia tenía un gran cuerpo pero era producto de horas y horas de ejercicios, yo había salido beneficiada naturalmente en ese aspecto. Esas palabras me ablandaron mucho.

– Ok, está bien. Pero si no te gusta no es mi culpa.

Me quité las zapatillas y me desabroché el pantalón. Lo bajé lentamente, tenía puesta una bombacha negra que no transparentaba pero era algo pequeña y se me metía en la cola. Noté su emoción al verla. Me acerqué un poco a él y me di vuelta mostrándole mi cola, me agaché un poquito pero mantuve mis piernas juntas, escuchaba su respiración agitada.

– ¿Y qué te parece? – pregunté emocionada. Sabía muy bien que se lo preguntaba a mi hijo, pero también tengo mi ego y es lindo sentirse admirada de vez en cuando.

– Está muy linda mamá – dijo pasando su mano por encima de una de mis nalgas – acá se te asoma un pelito – por el borde de mi bombacha de asomaba uno de los tantos pelitos de mi concha, él lo tomó con sus dedos y tiró de él.

– ¡Auch! No hagas eso, que duele – me quejé por el escalofrío que me produjo lo que hizo – su mano recorría mi cola y antes de que llegue al centro me di vuelta – ¿Te falta mucho?

– Casi nada, dejame acabarte en las tetas.

No discutí porque sabía que terminaría convenciéndome pero si suspiré descontenta, la verdad es que mi corazón latía muy fuerte y ya fantaseaba con encerrarme otra vez en el baño a masturbarme y tragarme toda la leche. Pero no, no debía llegar a ese punto, por más que la abstinencia sexual estuviera haciendo mella en mí.

Me arrodillé delante de él y me apuntó con su verga a los pechos, aparté mi largo cabello hacia un lado, para que no lo manchara y espere un buen rato apretándomelas mientras él sacudía su mano, cuando por fin soltó su primer chorro de leche no lo hizo en mis tetas, sino que fue a parar justo contra mi cara, rápidamente cerré los ojos y la boca y sentí como el esperma se me pegoteaba por toda la cara, en mis labios, las mejillas, los ojos, la frente, parecía no parar nunca de salir, como si fuera poco aprovechó para agarrarme una teta. En un impulso defensivo tomé su verga y la apunté hacia abajo, para que ya no tirara más esperma en mi rostro. Suspiré mientras con la otra mano sacaba la leche que había quedado contra mi boca, sentía toda la cara pegoteada y el sabor a semen en mi boca provocándome mucha excitación. De su verga caían las últimas gotitas de leche, soltó mi teta pero yo ni siquiera noté que aún le estaba agarrando el miembro. Vi la mano con la que me había limpiado la cara y estaba llena de esperma blanco y espeso.

– Chupate los dedos – me pidió mi hijo.

– No, eso sí que no – me negué pero él me miró como si le hubiese dicho que si – de verdad no lo voy a hacer Franco.

– ¿Es porque mi leche tiene mal sabor? – parecía apenado.

– No Franquito, si ni siquiera sé qué sabor tiene – mentí descaradamente – ¿Cómo me podés pedir algo así? ¿Acaso te olvidás de que soy tu madre?

– No me olvido, es que siempre quise ver a una mujer tragando semen.

– ¿Y por qué tengo que ser yo esa mujer?

– Porque sos muy linda y ya tenés las manos llenas de leche. Dale mami, por favor – sabía que me estaba manipulando.

– ¡Ay, está bien! – dije resignada. Sin más remedio acerqué los dedos a mi boca y los introduje, el sabor a semen se incrementó notoriamente, pasé la lengua alrededor de mis dedos mirándolo a los ojos. Pasé los dedos por mi mejilla juntando más leche y también me la tragué disfrutando mucho su sabor, a pesar de que me negaba a aceptarlo.

– No pensé que lo harías. ¿Te gustó? – me preguntó incrédulo.

– Estaba rica – le dije riéndome para hacerlo sentir mejor, él también sonrió. Vi que mi mano seguía sobre su verga, instintivamente la moví un poco como haciéndole una paja, grave error porque al toque se le empezó a parar de nuevo – pero hijo, no pienses que a las mujeres nos gusta hacer esto. Es más, algunas lo consideran humillante.

– ¿A vos te pareció humillante?

– No, a mí no. Pero porque me lo pediste vos, si hubiera sido un desconocido me hubiera enojado mucho. De todas formas ya no insistas con esas cosas.

Me lavé ahí mismo en la cocina para evitar estar sola en el baño y acomodé mi ropa. Estoicamente resistí mi calentura, aunque esa noche me costó un poco conciliar el sueño. Me acaricié el clítoris por arriba de la bombacha pero lo dejé en paz. No quería volverme una adicta a las pajas.

Podrán decir que actué de forma inapropiada desde el primer día en que permití que Franco acabara en mis tetas, pero lo cierto es que verlo feliz me alegraba el día. Después del último incidente fui a trabajar bastante animada por dos días. Sabía que lo había hecho un poco más feliz, en cierta forma, y eso me hacía feliz a mí.

Cuando volví del trabajo fui directamente a darme una ducha. Fue muy refrescante y relajante. Salí envuelta en una toalla y no vi señales de mi hijo, por eso pasé directamente a mi cuarto y comencé a vestirme, me puse una bombacha, nunca me gustaron los llamados “calzones de vieja” prefería algo más ajustado. Arriba me puse una calza negra y aún estaba con los pechos al aire cuando Franco apareció. Fue un tanto imprudente el vestirme con la puerta abierta. Me saludó y se sentó en la cama.

– Mamá, otra vez tengo el mismo problema. No se me para – me dijo apenado.

– ¿Viniste para mirarme las tetas? – me enfadaba un poco que recurriera a mi cuerpo para excitarse.

– Quería probar, nada más.

No le dije nada, me senté a su lado un tanto fatigada, sacó su miembro del pantalón corto y comenzó a menearlo para todos lados sin apartar la vista de mis pezones, que estaba duros porque recién había estado lavándolas. Nada. Al chico no se le paraba. Me acarició la teta izquierda, me produjo un escalofrío. Pensé q con eso se estimularía, pero no. Su pene seguía sacudiéndose como el cuello de una gallina degollada.

– Esperá hijo, si te das tan fuerte te vas a lastimar, hacelo con suavidad, así el miembro se va acostumbrando de a poco.

Me quedó mirando como si le hubiera hablado en chino. Segunda imprudencia del día: le acaricié el pene con la yema de mis dedos.

– Así, despacito. No lo maltrates, a veces el pene necesita relajarse y no que lo estén acogotando todo el tiempo – sabía eso por mis experiencias sexuales pasadas.

Continué dándole suaves caricias a lo largo de su flácido miembro, partiendo desde la base hasta la punta y repitiendo la acción una y otra vez. Él apoyó las manos en la cama y se echó un poco hacia atrás.

– Se ve que está funcionando – le comenté al ver que de a poco iba creciendo.

Sentía un calor incontrolable en todo mi vientre, no me sentía así desde mi primera vez con un hombre, hace ya muchos años. Me puse a pensar en todos los conceptos morales que violaba con mi comportamiento actual, pero luego me dije a mi misma que tampoco era algo tan malo, sólo estaba ayudando a mi hijo con su problema sexual, prefería ser yo quien le brindara una mano (literalmente) antes de que vaya a pedírselo a su maestra y que esto genere más inconvenientes.

Apreté levemente su blando pene entre mis dedos, una cosa era tocarlo para bañarlo, como mil veces había hecho en el pasado, pero otra muy distinta era tocarlo con la intención de excitarlo. La verdad es que me alegré al ver que mi trabajo estaba dando frutos, ya la tenía completamente dura.

– Ves, ya se te paró.

– Si, y a ésta la empezaste vos así que la terminás vos – me exigió.

Estuve a punto de negarme pero sentirla tan dura en mi mano me provocó mucha curiosidad, hacía tiempo que no jugaba con algo así. Moví lentamente mi mano de atrás hacia adelante viendo como la piel de su pene cubría el glande y luego lo dejaba a la vista otra vez. De a poco fui acelerando el ritmo, podía escucharlo jadeando, al parecer estaba haciendo un buen trabajo. Con la otra mano empecé a masajearle los huevos, se la sacudí un buen rato apretándola fuerte

– ¿Te gusta? – no sabía por qué le estaba preguntando eso, era mi hijo carajo.

– Si, me gusta más cómo lo hacés vos.

– No es eso, es que se siente diferente si lo hace una mano ajena.

– Las tuyas son mucho más suaves que las mías.

Seguí un ratito más, ya no me parecía tan malo estar haciendo esto.

– Está bien, dejá que sigo yo.

– Ok ¿Vas a tu cuarto?

– No ¿Te puedo ver la cola como el otro día?

– La cola está igual que la otra vez, a lo sumo estará un poco más caída. ¿Por qué no seguís en tu cuarto mejor?

– Dale mami, es un ratito nomás. Solamente tenés que bajarte el pantalón y acostarte en la cama

– Bueno está bien, pero te aclaro que ya me estoy cansando de estas cosas, la próxima hacelo sólo.

Le hice caso, me despojé de la calza y me puse boca abajo en la cama. Su mano izquierda acarició suavemente mi nalga y dio unos leves tirones en la parte baja de mi bombacha.

– Que buena cola que tenés mamá, me encanta y seguramente también tenés una concha re jugosa.

– ¡Franco! – esas palabras me tomaron por sorpresa – no digas esas cosas, no me avergüences más de lo que estoy – su mano surcaba mi ropa interior. Mis piernas estaban levemente separadas.

– Lo digo en serio mamá, seguro la tenés bien peluda y carnosa – noté que intentaba bajarme la bombacha – con labios bien gordos y el agujero bien abierto.

– ¡Ay no! qué vergüenza, basta Franco, en serio. ¿Dónde aprendiste esas palabrotas? – la bombacha ya me había quedado a la mitad de la cola.

– En ningún lado, es que de solo imaginarla se me pone más dura ¿la tenés mojada?

Supuse que él podía ver una mancha de humedad sobre la tela, pero no quería decírselo. Intentó bajarla más lo detuve

– No Franco, eso no. Dejala donde está – intenté sonar severa pero sin enojarme.

– Nunca vi una vagina en persona. Me gustaría que sea la tuya la primera que vea y poder acabar mientras la miro.

– Ay Franquito, creo que ya estás yendo muy lejos. ¿Por qué me pedís esas cosas? Soy tu madre.

– Y también sos la mujer más linda que conozco – parecía muy sincero, me conmovió muchísimo que mi propio hijo lo viera así. A toda mujer le gustan los halagos y recibirlos de una persona que se quiere con locura genera un impacto mucho mayor.

– Sé que me voy a arrepentir de esto… está bien, pero andá más para atrás – retrocedió apenas un centímetro.

Resignada fui bajando mi bombacha de a poco. Cuando me la bajé hasta mis muslos ante sus ojos mi carnosa y peluda concha con el agujero bien abierto, tal como él predijo. Su descripción fue realmente muy acertada. Me daba un poco de vergüenza que viera los pelitos enmarañados, me gustaba mantenerla prolija pero como no tenía a quién mostrársela, dejé de cuidarla tanto. La división de mis labios se distinguía muy bien, y seguramente se vería algo de flujo saliendo de mi agujerito. Lo vi estirando su mano hacia mí pero lo detuve.

– ¡No! Sin tocar – le reproché.

– Solamente quería verla mejor – no dejaba de pajearse rápidamente mirándome toda.

Hice un gesto de impotencia. Separé un poco más las piernas y con dos dedos abrí mi concha enseñándole mi clítoris que ya se asomaba. Podía verla en su totalidad.

– Sí, tenés el agujero bien abierto mamá, y es rosadita por dentro me encanta.

Su mano se posó sobre mi nalga apretándola con fuerza, se acercó tanto que podía sentir la mano con la que se pajeaba pegar contra mi cola cada vez que llegaba a la punta de su verga. Tragué saliva, me sentía incómoda pero curiosa a la vez. Abrió mis nalgas.

– ¡Uy!, el culito también lo tenés bien abierto, ¿alguna vez te la metieron por ahí?

No tenía en mente responder a esa pregunta pero sentí su dedo pasando suavemente por mi ano y me excité. De pronto me dieron ganas de decir algo sucio.

– Sí, me encanta que me den por el culo – era muy cierto, lo que no entendía era por qué me calentaba tanto que mi hijo lo supiera.

– ¿Y te gusta que te acaben en el culo?

Se acomodó entre mis piernas y posó su verga directamente sobre mi culito, la tenía mojada y muy dura. Sus movimientos me provocaban un cosquilleo agradable. Mis manos actuaron por iniciativa propia y abrieron aún más mis nalgas.

– Si me gusta, pero prefiero que me acaben en la boca – estaba como loca, le confesaba a mi propio hijo mis secretos sexuales más íntimos, podía sentir como mi concha se mojaba cada vez más y el fluido bajaba lentamente entre mis labios.

– Y cuando te la meten por atrás, ¿dónde te gusta estar, abajo o arriba? –

Tendría que haberme enfadado pero debía admitir que sus impertinentes preguntas me ponían muy cachonda, su pene se frotaba con mucha suavidad contra mi ano. Llevé una mano a mi concha y me toqué el clítoris.

– Prefiero estar en cuatro, que me agarren fuerte de la cintura y que me la metan toda.

Apenas dije eso se aferró fuerte a mi cintura con ambas manos. Su verga quedó apuntando directo a mi culito. Me metí dos dedos en la concha, no podía soportar tanta excitación. Presionó con su glande y mi culito empezó a abrirse.

– Si así – dije en un susurro casi inaudible.

A continuación sentí cómo la punta de la verga se clavaba en mi culo, me dolió mucho porque lo tenía desacostumbrado, esto fue como un rayo en mi interior, me hizo reaccionar. Me aparté de él rápidamente, mi respiración estaba agitada, me volteé para mirarlo. Su rostro era de desilusión total, antes de que él pueda decir algo, hablé.

– Hijo, quiero darme un baño, me siento toda pegoteada, si vos pensás seguir con eso – señalé su pene – podés segur mirando en el baño. No me m*****a – esto hizo que al menos se alegrara un poco.

No era cierto que quería bañarme, ya lo había hecho hacía pocos minutos y él lo sabía, pero fue lo primero que se me ocurrió.

Apareció en el baño totalmente desnudo. Mientras yo abría la ducha él se sentaba sobre la tapa del inodoro con la verga dura en mano. Comencé a ducharme y eso me relajó mucho pero no enfrió mi cuerpo. Mi calentura fue descendiendo lenta y gradualmente. Franco no dejaba de pajearse y mirarme, a pesar de que me había acostumbrado a verlo así, todavía me producía cierto calor en mi interior. Me mojé el pelo y le puse champú, también puse un poco en los pelos de mi concha, froté hasta que se hizo espuma y me la enjuagué, de vez en cuando me agachaba un poco disimuladamente para que él mirara un poco más. Me cepillé los dientes sólo para mantener las manos ocupadas, me di cuenta que me estaba tocando demasiado el cuerpo. Después de un rato él se acercó y se metió bajo el agua. Todavía tenía la verga parada. Lo miré pero no le dije nada. Comenzó a lavarse la cabeza, yo me puse champú en la mano y le agarré la verga, limpiándola bien, me agaché delante de él y pasé mi mano por todo su tronco y sus testículos, me preguntaba cuándo acabaría, decidí ayudarlo un poco y seguí haciéndole la paja, a él le gustaba pero el tiempo pasaba y no acababa, entonces me rendí y me puse de pie, tomé una toalla y salí de baño, él hizo lo mismo detrás de mí y en lugar de ir hasta su cuarto me siguió hasta el mío. Me sequé bien y me senté en la cama, él hizo lo mismo y siguió pajeándose. ¿Acaso iba a estar así todo el santo día?

– ¿Puedo seguir mirándote? – rompió el silencio.

Ya no gasté saliva en argumentos innecesarios, asentí con la cabeza y me acosté sobre la cama con las piernas bien separadas. Abrí la concha con la ayuda de mis dedos, él me acariciaba un muslo sin dejar de mirarme. Podía escuchar cómo se daba duro.

– Hace un rato vi que te metías los deditos ¿Vos también te masturbás?

– Emm, si hijo. A veces sí.

– ¿No querés hacerlo junto conmigo? No, no importa. Sé que vas a decir que no – lo sentí como un desafío.

Mordí mi labio inferior y me metí dos dedos en la concha tan adentro como pude soltando un gemido, empecé a moverlos y a frotarme el clítoris. No podía creerlo, ahí estábamos los dos masturbándonos juntos y a mi comenzó a apenarme que la cosa haya llegado tan lejos pero inevitablemente mi concha se estaba mojando cada vez más. De pronto sentí su verga contra el agujero de mi concha y rápidamente lo aparté de un manotazo.

– ¡No! Eso no, eso ya si es demasiado – él pareció entender, pero no se alejó.

Agarró una de mis tetas y siguió con su paja mientras apretaba mi pezón, puso su verga contra mi panza, luego se animó a más y la frotó contra mis tetas, yo seguí colándome los dedos cada vez más rápido y gimiendo cada vez más. No lo quería admitir pero éste me pareció uno de los momentos más excitantes de mi vida.

– Es muy lindo ver que te estás pajeando conmigo mamá – no lo había visto de esa manera, pero eso es exactamente lo que estaba pasando, me estaba pajeando delante de mi hijo.

– Yo también necesito descargarme de vez en cuando – dije sin dejar de tocarme.

Acercó su verga a mi cara, me la acarició con la punta. Lo dejé hacerlo porque me calentaba mucho sentir su pene tibio contra mis mejillas, pero él de a poco fue buscando mi boca, sentí su glande contra mis labios y me preocupé. Necesitaba desviar su atención. Aparté un poco la cara y le pedí que me mirara. Abrí bien de piernas levantándolas un poco, mientras me pajeaba con una mano llevé la otra hasta mi cola, él se acercó para ver mejor. Mi ano estaba recibiendo parte del flujo que manaba de la vagina. Moví el dedo en círculos sobre él y luego lo introduje lentamente pero sin detenerme hasta que entró completo.

– ¿Te gusta mamá? – me preguntó poniéndose de rodillas entre mis piernas, me ayudó sosteniendo una de ellas con su mano libre. ¿En qué momento había pasado de ser una madre común y corriente a estar desnuda y abierta ante mi hijo?

– Si me encanta – le dije con una voz de puta que hasta me dio vergüenza.

Cuando saqué el dedo de mi cola él soltó su verga y sentí cómo me acariciaba el agujerito. No podía dejar de pajearme, me estaba metiendo tres dedos a la vez por la concha cuando sentí que un dedo se me metía por el culo. Mi gemido fue largo y profundo, como la penetración del dedo. No pude decirle nada, lo sacó hasta la mitad y me lo metió otra vez. Con la mano izquierda busqué a tientas su verga, me costó poder agarrarla firmemente pero cuando lo hice comencé a masturbarlo. Más que nada tocaba su glande, que era suave pero muy duro. Mi calentura era tremenda. Siguió moviendo el dedo en mi interior y me hizo gemir de placer. No lo había notado pero Franco se estaba acercando cada vez más a mí. Sacó el dedo de mi ano y lo miré a los ojos poseída por el placer, seguía pajeándolo y sentí su verga contra mi pierna derecha. Fui yo misma quien la llevó hacia el centro dejándola justo contra mi agujerito trasero. No podía dejar de masturbarme. Ya no pensaba, actuaba por puro instinto sexual. Su glande comenzó a hacer presión y podía sentir como el ano se iba dilatando. En mi cabeza resonaba la frase “Le vas a romper el culo a tu mamita”.

Era obvio que quería clavármela de una sola vez pero no solté su verga .Sentí como me abría un poco más. Él comenzó a balancearse lentamente de atrás hacia adelante provocando que el pene retroceda y vuelva a avanzar. Todas las trabas morales se habían esfumado para mí. Ya resignada solté su verga, cerré los ojos y me preparé para lo que tenía venir.

Su glande me penetró como un cuchillo a la mantequilla, no pude reprimir un gemido. Avanzó hasta que la mitad de su palo sexual estuvo dentro de mi culito y en ese preciso instante sentí la tibia descarga de semen en mi interior. Me pajeé más rápido, la tremenda avalancha de emociones y sensaciones me provocó un tremendo orgasmo. Mi vagina soltó mucho líquido mientras su verga hacía lo mismo dentro de mí. Recapacité, me sacudí y lo aparté de mí, mi clímax sexual apenas estaba terminando pero de todas formas me fui corriendo al baño y me senté en el bidet. Lo abrí para que el agua me lavara el semen.

Mi respiración estaba más que agitada y yo misma podía percibir la tremenda máscara de preocupación que era mi rostro. Franco se asomó por la puerta del baño y me dijo:

– Eso fue genial mamá.

– Que bueno – dibujé una tímida sonrisa en mi rostro que más que dibujo era un mamarracho.

Cuando se fue me quedé con la cabeza entre las manos, no podía creer lo que había hecho. Me sentía pésima, como madre, como mujer y como persona.

Esa noche no pude dormir pensando en lo que había pasado. Me creía la peor madre del mundo y una loca total, me angustié mucho pero al final decidí no darle más importancia al tema, al fin y al cabo no podía deshacer lo ocurrido. Logré conciliar el sueño pero tuve horribles pesadillas.

Al otro día cuando llegué de trabajar lo vi pajeándose en el sofá, me pidió que me acerque. Lo hice con naturalidad, enseguida me agarró una teta. Ya no me pedía permiso, pero no me disgustaba, al fin y al cabo la culpa era mía, yo lo había ilusionado, era mi forma de pagar por mis errores. Me pidió que me quitara la blusa y el corpiño, accedí sin chistar, pero cuando me dijo que me quitara el pantalón lo detuve.

– No, hoy estoy indispuesta – él entendió pero quedó desilusionado.

– Pero tenía ganas de verla, entonces… ¿me hacés la paja vos? – Como me sentía apenada, accedí. Me puse de rodillas entre sus piernas y comencé a sacudírsela con fuerza desde un principio, él comenzó a gemir.

– Espero que no tardes mucho en acabar, tengo hambre y todavía no comí nada.

– Ya estoy por acabar – me dijo cerrando los ojos – si tenés hambre podés tomarte la lechita. Tanto que te gusta.

Sonreí por su ocurrencia pero no le dije nada, seguí pajeándolo, él permanecía con los ojos cerrados, por eso abrí grande la boca y la acerqué a su verga. Casi al instante un cargado chorro de leche cayó sobre mi lengua, seguí pajeándolo con fuerza y dejé el glande apoyado sobre mi labio inferior, tuve que ir tragando la leche que entraba porque de lo contrario no podría retenerla toda, estaba muy rica y a pesar de haberse pajeado el día anterior, salió mucha. Tragué una gran cantidad.

– ¿Te la tomaste toda? – me preguntó incrédulo.

– Es que tenía hambre – le di un besito en la punta de la verga y luego me fui a mi cuarto a ponerme ropa más cómoda.

No pensé, bloqué todas las imágenes relacionadas con lo que había hecho y me mantuve ocupada con los quehaceres domésticos hasta quedar agotada. Esa noche pude dormir mucho mejor.

Me sorprendió que al otro día mi hijo estuviera tan tranquilo. Pasamos momentos de madre e hijo comunes y corrientes y me alegraba ver algo de normalidad, pero al tercer día todo cambió bruscamente. Yo estaba en mi cuarto mirando televisión cuando él se me acercó con el celular en la mano.

– Mirá que linda saliste – me dijo mostrándome la pantalla. Allí pude ver una foto mía tendida en la cama totalmente desnuda, también había fotos de mis tetas y tremendos primeros planos de mi concha.

– ¿Cuándo sacaste esto? – le pregunté atónita.

– Anoche, mientras dormías. Tenía pensado mostrárselas a mis compañeros en la escuela.

– ¿Cómo se te ocurre hacer eso? Soy tu madre – me inquieté tanto que me senté en la cama – además si te ven con esas fotos en la escuela, te pueden echar… y si se enteran que son mías… no sé qué podría pasar.

– Si pero ellos no saben que sos vos, seguro les gusta.

– ¡No, borralas! No me hagas esto.

– Las borro con una condición.

– ¿Qué condición?

– Haceme un pete – dijo al mismo tiempo que sacaba el pene del pantalón, ya lo tenía duro.

– No, estás loco, no te la voy a chupar.

– Dale, si seguro te gusta chuparla, ¿me vas a decir que nunca hiciste un pete? Además el otro día te tragaste toda la leche. Vos me la chupás y yo borro las fotos. Todos contentos.

Miré su verga y pensé en el escándalo que se armaría en su escuela si él se pusiera a divulgar fotos de mujeres desnudas y peor aún si descubrían que esa mujer era su propia madre. Acerqué mi cara y saqué la lengua, le di una pequeña lamida al glande, mi hijo tenía razón en algo, si había hecho muchos petes a lo largo de mi vida y disfrutaba haciéndolos.

Decidí ponerle buena actitud a todo esto, tampoco podía olvidar que pocos días atrás había dejado que me acabe en la boca, me parecía lógico que ahora me pidiera eso. Ya no quería pensar más, decidí actuar de una vez. Abrí mi boca y la engullí toda, moví la lengua en círculos y la saqué de mi boca solo para volver a sumergirla otra vez. La tenía tan grande que no podía comérmela toda.

– Así mamá así, que rico que la chupás.

Comencé a mover mi cabeza de atrás para adelante rítmicamente intentando tragar tanto como podía.

– Que bueno saber que mi mamá es una buena petera.

Esas palabras me incentivaron y empecé a chupársela con más ganas y a lamerle los huevos, no dejé de mover mi lengua para todos lados, siempre buscando sus puntos más sensibles. Si le iba a hacer un pete a mi hijo quería que lo disfrutara mucho. No pasó mucho tiempo hasta que me llenó la boca de leche.

– Dale mamá, tragátela toda – empecé a tragar lo que me parecieron litros de semen y lo que no pude tragar terminó en mi barbilla chorreando hasta mi cuello, se la chupé hasta que ya no salió una gota más.

– Espero que te haya gustado – lo dije con sinceridad, aunque me sentía culpable por haber llegado a ese punto con mi hijo.

Él no borró las fotos pero al menos prometió no mostrarlas si yo “obedecía”. No me gustó el tono de esa palabra, pero no podía hacer nada. Ese mismo día más tarde, cuando me disponía a preparar la cena se me acercó con la verga en la mano.

– Antes de comer la comida te vas a comer otra cosa – me dijo.

Resignada y sin quejarme me agaché ante él y empecé a comerla. Me agarró de los pelos y comenzó a ensartarme por la boca, la sentía hasta el fondo de mi garganta. Intentaba tomar aire por la nariz mientras él me sacudía. Eso podría haberme hecho enojar muchísimo y si fuera una madre normal tendría que haber parado todo, darle una buena cachetada a mi hijo y castigarlo, pero yo no era una madre normal. Esa agresividad me calentó muchísimo, me hizo chupársela con más ganas, quería decirle cosas como “Me quiero tomar tu lechita” pero ni siquiera me permitía sacar la verga de mi boca por un segundo. Lo agarré fuerte de las nalgas mientras se la comía toda. Mi concha se estaba mojando mucho. Estuvo varios minutos metiéndomela frenéticamente por la boca hasta q me soltó cuando la leche comenzó a brotar.

– ¿Te gusta tomar la lechita? – me decía mientras yo me la tragaba toda. Casi me ahogo pero él la saco y el semen saltó para todos lados, tragué lo que tenía en la boca, tomé aire y seguí mamándole la verga hasta dejársela bien limpita.

Supe que mi hijo ya se estaba descontrolando conmigo y me tenía a su merced, esos dos no serían los únicos petes que debería hacerle.

Mis preocupaciones me llevaron nuevamente a la casa de mi amiga Claudia. Los problemas con mi hijo empeoraron hasta un punto inimaginable. La rubia me recibió alegremente haciendo caso omiso de mi expresión de preocupación o tal vez olvidó que le había dicho por teléfono que necesitaba hablar con ella de un serio problema. Ni siquiera acepté tomar una tacita de té.

-Me siento muy apenada Claudia, necesitaba hablar con vos, urgente –comencé diciéndole.

-Tranquila Adriana, contame qué es lo que está pasando, pero con calma.

-Por desgracia creo que nuestro intento por tranquilizar un poco a Franco terminó resultando a la inversa, ahora está más descontrolado que antes, se ve que le gusto que se la chupen porque ahora… ahora soy yo quien se la tiene que chupar.

-¿Qué? ¿Se la estás chupando a tu propio hijo? –no noté que me estuviese regañando o entendiera la complejidad del asunto porque me miraba con una extraña sonrisa –a ver contame cómo fue que paso eso y no omitas detalles, todo puede ayudar.

Le conté como estúpidamente me fui desnudando y cediendo ante los deseos sexuales de mi hijo y cómo fue que me chantajeó para que terminara practicándole sexo oral.

-Desde entonces cualquier momento libre –mi voz sonaba ronca- me exige que se la chupe.

-Bueno Adriana, pero vos sos la madre, me imagino que tendrás la autoridad suficiente como para poner fin a todo esto –me miró y sólo me sonrojé- ¿O me vas a decir que te gusta chuparle la verga?

-No es que me guste, es que… es que me da un poco de pena, él no es el chico más lindo de su clase, ni de cerca. Siempre fue un poco tosco para hablar con las mujeres… además hace tanto tiempo que no estoy con un hombre que… ¡Perdón Claudia! Vas a pensar que soy la peor madre del mundo.

-Al contrario, sos de las mejores, pocas madres le harían esos “favores” a sus hijos –mi amiga estaba más loca que yo- ¿Pasó algo más? Algo que no haya requerido sólo sexo oral.

-Bueno, el otro día, por ejemplo, me hizo hacerle un baile tipo striptease. Tuve que ir desnudándome de forma provocativa delante de él y después… después me pidió que me metiera los dedos en la vagina –me apenaba mucho contarle esto a mi amiga pero al mismo tiempo me excitaba recordar esas escenas- tuve que bailar arriba de la verga, obviamente no dejé ni que me toque ahí abajo, pero agarró la costumbre de chuparme las tetas y como es la única parte que le dejo tocar a gusto, me las estruja todas. Un día de estos me las va a arrancar. Después me tuve que agachar a chupársela de forma sexy –Claudia me miró como si esperara más detalles, no me opuse- tuve que hacerlo con lentas chupadas a todo el largo y en la punta, metérmela en la boca y gemir mucho mientras la llenaba de saliva y él constantemente diciéndome cosas como “Comemela toda mami” “Se nota que te gusta chuparla” “Que buenos petes hacés” y eso me pone aún más incómoda –por no decir cachonda- y cuando estaba por acabar se puso de pie y me hizo abrir la boca, empezó a tirarme toda la leche para que me la trague, después me azotó la verga contra la cara haciendo que el semen salte para todos lados, como si fuera poco el desgraciado me sacó una foto con la cara llena de semen.

-Eso del chantaje con fotos no me agrada para nada Adriana, pero no creo que él sea tan malo, sabe que vos hacés todo por voluntad propia, debe ver las fotos como una mera excusa para pedirte favores sexuales, yo que vos no me preocuparía por eso, no se las va a mostrar a nadie.

-Pero eso no fue todo, los días pasaron y cuando me hizo desnudarme en mi pieza él se acostó boca arriba y me hizo ponerme sobre él en posición de 69, obviamente le prohibí que me tocara la concha y q si lo hacía se terminaba todo, pero se la tuve que chupar regalándole una tremenda vista de mi sexo mientras él me apretaba las nalgas y me decía cosas como “Que abierta que la tenés” “Seguro que te cogieron mucho mamá” “¿Te gusta que te rompan el culito?”

– Bastante atrevido el nene –fue la primera señal que mostró Claudia de haber encontrado algo malo en todo el asunto, pero no pude evitar notar cómo movía una mano debajo de su falda, la muy puta se estaba masturbando– bueno Adriana, veo que ya es momento de pasar a la segunda parte del plan. Dejalo en mis manos, yo me encargo. Ahora esperame un momentito, tengo que ir al baño.

Lo cierto es que ese momentito fue lo suficientemente largo como para que yo pueda masturbarme tranquilamente en su sala de estar. Cada vez me costaba más disimular la excitación que me provocaba esta situación, me apenaba enormemente porque sabía lo mal que estaba, pero muy dentro de mi consciencia debía admitir que me alegraba cada vez que mi hijo se me acercaba con la verga dura. Omití algunos detalles en la narración que le hice a Claudia, no quise contarle de esas dos o tres veces que yo misma lo busqué y comencé a mamársela sin que él me lo pidiera. Me estaba volviendo loca. Tal vez era porque necesitaba algún hombre con urgencia. No quería pensar más en el tema, quería que todo se solucionara de una vez.

Esa misma noche Claudia fue a cenar a mi casa, llevaba puesto un conjuntito blanco bien pegado al cuerpo con un tremendo escote y era tan cortito que apenas se agachaba un poquito se le veía la tanga. Calzaba unas botas largas que hacían juego con el conjunto, los ojos de Franco no daban abasto, no paraban de mirarla aunque intentaba disimularlo. Cuando la cena concluyó nos quedamos charlando un rato y luego les dije q estaba muy cansada y me fui a dormir. Claudia anunció que en poco tiempo se marchaba, me despedí de ellos y me fui a mi cuarto. Me encerré allí e intenté dormir, pero como sabía lo que iba a suceder no logré conciliar el sueño. Pasaron varios minutos y dejé la puerta de mi dormitorio abierta con la luz encendida para que mi amiga supiese que estaba despierta, esperando por cualquier novedad. Casi una hora después de dejarlos solos, la vi aparecer en la puerta, estaba completamente desnuda enseñando su torneado y bronceado cuerpo sin marcas y llevaba toda su ropa colgada del brazo, la dejó en un rincón y me sonrió. Para mostrarme que el plan había funcionado separó sus piernas y con dos dedos abrió su lampiña vagina, noté que hacía algo de fuerza con ella y vi salir un fluido goteo de semen q caía sobre su otra mano, le tendí un pañuelo para que se limpiara, luego se sentó a mi lado en la cama.

-Todo funcionó a la perfección, Adriana. Franquito quedó de cama –comenzó diciéndome- no se va a despertar en toda la noche, que ganas tenía el pendejo.

-Contame qué pasó –estaba muy ansiosa.

-Apenas me lo llevé al cuarto empezó a toquetearme como loco, me sacó la ropa y me dejó en tanga. Estaba desesperado, no me dio ni tiempo para arrepentirme. Me chupó las tetas como si fuera la primera y última vez que lo hacía. Sacó la verga y me pidió que se la chupara, como la vez anterior. Después de la mamada me saque la tanga y sin pedirme permiso me manoseó la entrepierna, es un poco brusco el chico, me dolió un poco pero no me quejé, no quería hacerlo sentir mal. Además era sólo el calentamiento previo, sabía que la que tenía control sobre la situación era yo. No le di tregua. Lo senté en la cama y me puse arriba de él con las piernas abiertas, apunté bien la verga y me senté. Vos tendrías que haber visto la carita que puso cuando entró toda, estaba desesperado. Ahí usé toda mi experiencia para garchármelo. Se emocionó tanto con el debut que no aguantó mucho, además yo me moví mucho, no le di ni un segundo para cambiar el aire. Al rato nomás sentí como me llenaba la concha de leche y después de eso se la chupé un rato.

-¿Por qué? Si ya había terminado.

-No te pongas celosa Adriana, es que estaba muy caliente y me dejó con las ganas. Por suerte se le paró otra vez, me pidió que me ponga en cuatro, esta vez aguantó más, me la metió bien fuerte y para colmo la tiene grande. Tenía la sensación de que la concha me iba a explotar. Estuvo cogiéndome hasta recién. Tengo que confesar que la pasé muy bien. Franquito quedó fundido. Lo dejé durmiendo y me vine para acá. Fin –me sonrió.

-Gracias Claudia, espero que con esto empiece a tomar seriamente la idea de conseguirse una noviecita o alguna amiga medio facilita. ¿Dónde están las pendejas putonas cuando se necesitan?

-Bueno… yo no seré tan pendeja pero… -nos reímos las dos- A la que no noto muy bien es a vos, ya está arreglado el problema con Franquito, pero seguís alterada y tensa amiga.

-Es que todo esto me genera mucho estrés. No te imaginás lo que fueron estos días para mí, física y psicológicamente.

-A ver vení, yo sé lo que necesitás vos, sentate acá – me senté frente a ella dándole la espalda, yo solamente tenía puesto un camisón rojo oscuro y la bombacha, ella se puso detrás de mí y comenzó a masajearme los hombros– relajate, esto te va a hacer bien –sus dedos presionaban firmemente los músculos de mi cuello, cerré los ojos para relajarme más– entre el trabajo y los petes a tu hijo debés estar re contracturada– dijo a modo de broma.

Bajó por mis brazos las tiritas del camisón y mis tetas quedaron al aire no me importaba en absoluto que ella las viera, pasó sus menos por debajo de mi mentón y luego volvió a los hombros. Pude sentir sus pechos pegados a mi espalda. Esta vez sus manos buscaron la parte baja de mis senos, los acarició apenas y regresó a los hombros una vez más. Hizo eso dos o tres veces y yo ya podía sentir los efectos de un buen masaje.

-Ahora acostate boca abajo –me pidió mientras me quitaba el camisón por encima de la cabeza.

Sus masajes se centraron en mi espalda, la sensación era hermosa y reconfortante. Me distendía mucho. Claudia se sentó arriba mío con las piernas separadas. No le dije nada pero sentía su concha húmeda contra mi espalda y eso me ponía un poquito incómoda. Pasó las manos por mi estómago y fue subiendo hasta llegar a mis pechos, me los presionó con suavidad, hasta pellizcó suavemente mis pezones, yo estaba preocupada en relajarme y esos atrevimientos no me importaron en lo más mínimo. Unos minutos después se giró hacia el otro lado, ahora su sexo se posaba en la parte superior de mi espalda y los masajes se centraban en mis nalgas y piernas. El esfuerzo físico de Claudia provocaba que se moviera, su húmeda concha se frotaba por mi lomo, la sensación de calidez era extraña para mí. Sus dedos presionaban mis piernas recorriéndolas casi en toda su extensión. No puedo negar que no sólo me estaba relajando, sino que podía sentir cierta excitación apoderándose de mi cuerpo.

Continuó con sus hábiles masajes sobre mis nalgas, las amasaba y estrujaba a discreción, en un momento noté que se disponía a quitarme la bombacha, pensé en detenerla pero estaba tan a gusto que se lo permití. Me despojó de toda vestimenta y quedé tan desnuda como ella lo estaba. Sus finos dedos recorrieron el centro de mis nalgas, sentí un agradable cosquilleo en mi sexo cuando sus uñas lo rozaron. No me había dado cuenta pero con cada nuevo movimiento de sus manos se las ingeniaba para separar más mis piernas. Ahora sus manos acariciaban al unísono las paredes internas de mis muslos, peligrosamente cerca de mi entrepierna. Luego pasó un dedo recorriendo de abajo hacia arriba el centro húmedo de mi sexo. Eso ya era provocación directa y estaba funcionando. Repitió la acción otra vez, tres veces, cuatro, cinco. Prácticamente me estaba masturbando, aunque con delicadeza. Mi calentura se hizo tan intensa que decidí que era el momento de hacer realidad mis fantasías lésbicas con Claudia. Hice fuerza para girarme, ella tuvo que levantarse un poco, cuando quedé boca arriba su sexo quedó a escasos centímetros de mi cara. Mantuve las piernas bien abiertas con las rodillas flexionadas. La rubia se acercó a mi vagina y comenzó a acariciarla con la punta de sus dedos.

-Claudia, si lo vas a hacer, hacelo ahora –no aguantaba más, quería que iniciara todo ya o que directamente no pasara nada, pero ya no aguantaba la incertidumbre.

Sin decir nada mi amiga bajó la cabeza hasta que su boca hizo contacto con mi vagina, no pude evitar gemir apenas comenzó a lamerla. Sabía muy bien que Claudia se acostaba con mujeres ocasionalmente, pero nunca había hecho el intento de acostarse conmigo, al menos no hasta hoy. Quería demostrarle que yo estaba a la altura de cualquier mujer con la que haya tenido relaciones sexuales en el pasado. Abrí su concha con las manos y no me asqueé en lo más mínimo al ver sus fluidos manando lentamente, al contrario, me incentivaron a lanzarme sin dudar y comenzar a chupar. El sabor salado me embriagó, quería comérsela toda. Lo mejor de todo era sentir que ella me la estaba chupando al mismo tiempo. Se concentraba más que nada en mi clítoris. Lo succionaba un rato y luego lo lamia como si lo acariciara con la lengua. Emulé sus acciones y fui probando cosas como chupar sus arrugados labios o meter algún que otro dedo ocasionalmente. No me sentía incómoda, al contrario, me sentía tan a gusto como si hubiera hecho esto mil veces.

Sentí sus labios apretando firmemente mi clítoris y luego su lengua introduciéndose en mi agujero, atraje más su cabeza hacia mí cerrando un poco las piernas y comencé a gemir. Su boca violaba todos los rincones de mi vagina, creo que nunca había fantaseado con una mujer que no sea Claudia, debía aceptarlo, la rubia estaba muy buena, aunque a veces me diera un poco de celos que tuviera una figura tan perfecta, no podía evitar excitarme al verla o soñar con meterme entre sus piernas. Ahora lo estaba haciendo y era mucho más hermoso de lo que hubiera imaginado. Poder sentir en mi boca el sabor de su vagina y escuchar su respiración agitada, saber que era yo quien la calentaba, era una suma de increíbles sensaciones.

Nuestras lamidas, chupadas e inserciones de dedos se aceleraron, estábamos en un clímax inmejorable donde lo único que importaba era obtener y dar satisfacción sexual. Seguimos con este intenso ritmo hasta que tuvimos un rico orgasmo cada una, el mío llegó primero y tuve que seguir por un par de minutos más hasta que llegó el de ella, pero como nunca dejó de chupármela en ningún momento, tuve un segundo orgasmo. Me sacudí enérgicamente en la cama mientras le chupaba la concha con ferocidad, me sentía como de 20 años otra vez. Caímos rendidas. Claudia se acomodó en la cama de forma tal que nuestras caras quedaran enfrentadas. Me acarició el pelo y sus enormes senos se pegaron a los míos.

-Yo sabía que algún día iba a hacer esto con vos –me dijo justo antes de darme un rico beso en la boca, la abracé con fuerza y con mi mano busqué su cola.

-Me encantó –le dije cuando el beso terminó- yo también sabía que iba a pasar esto, hace mucho que lo espero.

-No sabía que tuvieras inclinación por las mujeres.

-Por todas no. Tengo que reconocer que no me calientan las mujeres, pero con vos es diferente. Me provocás un morbo increíble Claudia, ¿Será porque sos mi mejor amiga?

-O porque estoy buena –bromeó.

-Un poco de las dos –mordí mi labio inferior y la miré a los ojos- sí, estás re buena –volví a besarla.

-Vos también Adriana.

Se quedó un rato más besándome y abrazándome, hablamos de las cosas que haríamos en el futuro, dónde y cuándo podríamos tener sexo a gusto, ya lo considerábamos como algo que ocurriría con frecuencia. Como soy un poco celosa le pedí que no se acostara con otras mujeres, al menos no sin decírmelo antes. Ella accedió a mi única petición y me dijo que mientras me tuviera a mí no necesitaba otras mujeres. Cuando se marchó pude dormir plácidamente. Dejé la puerta del dormitorio abierta. No me importó que a la mañana siguiente Franco me viera durmiendo desnuda o que aprovechara la ocasión para tocarme un poco las tetas o la vagina. Por eso me desperté con calma, para no espantarlo. Estaba tan excitada como la noche anterior. Aparentemente él también, estaba desnudo y tenía la verga parada. No dije nada, me acerqué a su palo erecto y comencé a chupárselo, en ese momento me importó una mierda si esto arruinaba todo el trabajo realizado por Claudia. A mí no me importaba hacerle un pete de vez en cuando y a él tampoco. Le pedí que se sentara en la cama y me puse de rodillas en el colchón. Comencé a subir y bajar mi cabeza rápidamente manteniendo siempre su pene en mi boca. No se lo dije pero en ese momento decidí que cada vez que él quisiera sexo oral, yo se lo daría. Sería un regalo especial de parte de una madre muy cariñosa. Esa mañana su descarga de semen no fue tan abundante, pero la recibí y tragué gustosa.

Los días siguientes fueron bastante tranquilos, Claudia me contó que habló con él una vez más y le pidió que ya no me chantajeara. Franco accedió cuando se dio cuenta que no necesitaba amenazarme de ninguna forma, de todas maneras yo de vez en cuando le permitía verme desnuda o le practicaba sexo oral. Me estaba acostumbrando a la morbosa sensación de tener su verga dentro de la boca.

Un sábado por la noche, en la que me estaba preparando para salir con mi amiga a tomar algo, vi a Franco caminando hacia su cuarto, se lo veía triste y cabizbajo. No entendí qué ocurría, él me había dicho que esa noche se vería con alguien importante, no me quiso dar muchos detalles, supuse que era una noviecita y por su actitud parecía que las cosas no marcharon como él las esperaba. Fui hasta su cuarto casi completamente desnuda, sólo llevaba puesta mi tanga blanca. Mi hijo, por el contrario, llevaba una bonita camisa gris perla, ideal para fiestas y un hermoso pantalón de vestir negro, ese atuendo lo favorecía mucho y era sumamente extraño verlo tan arreglado. Me di cuenta de que había estado llorando y me senté a su lado en la cama.

-Franquito, ¿Qué te pasa? –le pregunté agarrándolo de la mano.

-Nada mamá, no te preocupes.

-No me vengas con ese “Nada” porque ni vos te lo creés. Algo te pasa, podes contarme lo que sea. ¿Pasó algo malo? –no me respondió- ¿Fuiste a ver una chica? –asintió con la cabeza- Contame qué paso ¿Quién era la chica?

-Laura, mi maestra –me quedé anonadada.

-¿De verdad? ¿Cómo pasó eso?

-Es que a mí me gusta mucho ella y siempre le insisto para vernos, aunque sea mi maestra y sea mayor que yo, eso no me importa. Sé que también le gusto. El otro día nos besamos cuando el aula quedó vacía –eso me dejaba de piedra- y ayer me dijo que la esperara en una dirección, que íbamos a ir a un hotel. Eso me dijo. Hotel.

-¿Y te dejó plantado?

-Sí. Me llamó hace un rato diciéndome que no iba a ir, que no se animaba, que ella era casada y que no la m*****e más.

-¡Pero qué hija de puta! –me encabroné como nunca.

Sin pedirle permiso a mi hijo volví a mi cuarto y tomé el teléfono, tenía el número de esta putita guardado en mi agenda. La llamé y contestó de inmediato, tal vez ni siquiera sabía quién la llamaba. Cuando se identificó como Laura comencé diciéndole:

-Escuchame una cosita desgraciada. Que vengas a hacerme planteos sobre las actitudes de mi hijo te lo dejo pasar, pero que te hagas la putita con él, que le generes ilusiones y que después lo dejes plantado, eso no te lo voy a permitir.

-Ehhhh… esteee… yo soy casada señora, no puedo hacer esas cosas que dice. Yo nunca le dije…

-¡No! Mi hijo podrá ser cualquier cosa, pero mentiroso no es. Vos lo invitaste a un telo, ¿qué pasaría si el director de la escuela se entera que te andás haciendo la puta con los alumnos? ¿Qué pensará tu marido? Si vas a decir las cosas, después hacete cargo, asumí las consecuencias.

-Perdón, no fue mi intención… yo no quería ilusionarlo, es que lo recapacité y me arrepentí, por favor no le cuente a nadie.

-Te arrepentiste tarde. Ahora el perjudicado es mi hijo, que está re mal por tu culpa. El lunes mismo voy a pedir una reunión con el director y se va a enterar. Con mi hijo no vas a joder, puta de mierda –le colgué.

Comencé a llorar por la bronca pero enjugué mis lágrimas lo más rápido que pude y regresé al cuarto de mi hijo.

-Gracias mamá –me dijo apenas me senté a su lado.

-¿Escuchaste todo?

-Sí.

-¿Vos pensás que tengo que contarle al director?

-Hacé lo que quieras, esa desgraciada ya me cansó. Porque a veces se hace la santa y otros días termina siendo tremenda puta.

-¿Por qué lo decís? ¿Pasó algo más aparte del beso?

-Sí, ayer. Me hizo un pete.

-Si será puta. Hacerte ilusionar así –no quería que mi hijo se sintiera tan mal, busqué la forma de hacerlo reír- pero seguro que no fue mejor que los míos- comenzó a reírse.

-No mamá, los tuyos son los mejores –me acarició una pierna.

-Ella es la boluda, ella se pierde de todo esto –le agarré el bulto por arriba del pantalón, me sorprendió que comenzara a crecer tan rápido.

Lo que más me m*****aba de toda esta situación era ver a mi hijo de esta forma, me apenaba mucho que él se hubiera vestido tan elegante, hasta estaba usando un agradable perfume y él los odiaba, todo por una estúpida que lo ilusionó y lo dejó plantado. Presioné su pene mientras se ponía duro.

-Pero yo me quedé con las ganas –estaba muy triste.

-No hijo, vos no te vas a quedar con las ganas, eso te lo aseguro.

Desprendí su pantalón y su verga erecta apareció por arriba del elástico del bóxer. Acerqué mi cabeza y le di una rápida lamida en la punta, luego lo liberé del todo y comencé a mamarlo como tantas veces lo hice antes, aunque esta vez lo hacía con más ganas que nunca. Mi hijo comenzó a acariciarme todo el cuerpo, centrándose más que nada en mis tetas. Mientras chupaba pensaba en todo lo que él pudo hacer con su maestra si la muy desgraciada no se hubiera arrepentido y supe que una mamada era sólo un premio consuelo, al otro día se sentiría mal otra vez. Como madre estaba dispuesta a darle lo mejor a mi querido hijo.

Me puse de pie quitándome la bombacha, quedé completamente desnudo ante él. Tomé su mano derecha y la llevé hasta mi sexo, él se sorprendió de que le permitiera tocarlo. En pocos segundos tenía la vagina completamente lubricada, él no sólo me acarició el clítoris sino que se animó a colarme un par de dedos. Su verga parecía un mástil. Siempre que le permitía ir un poco más lejos era a base de jueguitos y en forma pausada, pero esta vez quería que él supiera lo dispuesta que estaba a dar un paso sin retorno en nuestra relación. Me monté sobre él como si se tratara de un caballo, de uno en celo con la verga bien dura. Yo quería esa verga. La apunté hasta mi entrada femenina y sin darle tiempo a reaccionar, bajé. Pude sentir cómo me abría la concha mientras me penetraba más y más, hasta que llegó al fondo. Suspiré de placer y comencé a moverme como las experiencias sexuales de mi vida me enseñaron a hacerlo. Nos miramos a los ojos, él aún estaba anonadado pero era obvio que disfrutaba tanto como yo. Mi vaivén se hizo cada vez más fuerte, me lo estaba montando como una potra lujuriosa y el saber que era mi hijo me excitaba el doble. La cama comenzó a chirriar y a sacudirse, éramos dos amantes cachondos que se estaban matando a puro sexo. Su boca se prendió a uno de mis pezones y comenzó a succionarlo mientras yo daba saltos que provocaban que su pene saliera casi completo y se clavara en lo profundo de mi concha produciéndome un dolor dulce y placentero.

Arqueé mi espalda y comencé a gemir enérgicamente, esto calentó más a Franco ya que empezó a bombear empleando la fuerza de su pelvis. Estuvimos un buen rato en esa posición y luego él me empujó hacia atrás, cuando quedé acostada de espaldas lo recibí con las piernas y los brazos abiertos, volvió a clavarme y ahora él llevaba el ritmo. Lo abracé con fuerza para sentir la calidad de su cuerpo contra el mío, a pesar de que aún llevara puesta su ropa.

-Ahhhh, Ahhhh, si Franquito, sí –nunca me había sentido tan excitada en mi vida. En un momento su verga se salió, la tomé con la mano para guiarla una vez más hacia adentro pero preferí degustarla por mi otro agujerito, levanté más las piernas y en cuanto la sentí contra mi culito le dije:

-Empujá despacito, hasta que entre toda.

Siguió mi instrucciones al pie de la letra, la penetración fue suave, si bien llevaba tiempo sin practicar sexo anal, sabía cómo recibir una verga allí dentro. Cuando la penetración fue profunda recibí toda su furia, comenzó a darme tan fuerte que creí que me partiría al medio, se sacudía como loco. Me encantaba, quería que me la metiera así todo el día. Mi culito se dilataba más y más y podía sentir toda la extensión de su verga en mi interior.

Después de unos minutos le pedí a mi hijo que me permitiera ponerme en cuatro, apenas lo hice volvió a metérmela por detrás, sonreí y bajé mi cabeza, qué bien la estaba pasando. Abrí mis nalgas con las manos para que pudiera clavarme mejor. Me dio duro durante un rato hasta que el cálido semen llenó mi agujerito trasero.

-No pares. No pares hasta que salga toda –le dije entre jadeos.

Él siguió con sus movimientos hasta que la última gota abandonó su pene. Cuando se apartó me giré para abrazarlo fuerte.

-Eso me gustó mucho, mamá.

Eso cerró el ciclo de incertidumbres que estábamos atravesando y nos abrió camino a una nueva relación entre madre hijo, yo estuve dispuesta a acostarme con él tanto como fuera necesario, ya sea que lo quisiera él o yo. Claudia sabía sobre nuestra extraña relación pero no le m*****aba en lo más mínimo, por el contrario, cuando me acostaba con ella le gustaba que le contara mis experiencias sexuales con Franco. En cuando a esa maldita profesora, que fue la causante de todo este problema, renunció a su puesto y decidió cambiarse de escuela antes de someterse al escándalo y la vergüenza. Desde ese día ya no volví a tener problemas con mi hijo.

Fin.

© Nokomi

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