La venganza de la Jefa

La venganza de la Jefa
Lo que en un principio fue una idílica y maravillosa aventura que cualquier romántico hubiera podido desear, se tornó en una excitante, humillante y fabulosa situación que jamás una sissy como yo hubiera podido imaginar.

Mi Jefa tenía completamente controlada la situación. En el trabajo venía siempre vestida de manera que todos los compañeros, y muchas compañeras también, se quedaban alelados mirando su perfecto cuerpo y sus hermosas y esbeltas piernas siempre enfundadas en medias de de alta lencería y siempre calzando unos altos tacones que estilizaban aún más sus preciosas pantorrillas. Ella pasaba por mi lado sabiendo lo que producía a su alrededor y me miraba disimuladamente insinuándome con el pensamiento:
– Sé que te gustan mis piernas, pero también sé que te gusta aún más ponerte mis tacones y mis medias…

Y así era en realidad. Sus esculturales piernas me fascinaban y me hacían estremecer, pero me ponía muchísimo más la posibilidad de calzarme sus tacones y sus medias aún calientes y con el aroma de sus limpios pies. Eso lo sabía bien mi Jefa y con ello me tenía completamente sometido. Era como una droga para mí. Cuando no estaba presente me repetía una y mil veces que no volvería a caer en su enrevesada tela de araña, pero en cuanto aparecía, con sólo el ruido de sus tacones al andar, creaba en mí una situación de completa dependencia. Y para mi bendita desgracia, aparecía todos los días de la semana.

En múltiples ocasiones me llamaba a su despacho sólo para humillarme y tratarme con dulce crueldad. En cuanto yo entraba era capaz de sentir como se descalzaba lentamente y frotaba con suavidad sus pies uno contra el otro. Automáticamente también notaba el cautivador aroma que se desprendía de ese exquisito frotamiento y que yo era capaz de percibir por encima de su caro perfume. Ella sabía que que ese sonido y ese aroma me ponían completamente cachonda, y también sabía que cuanto más cachonda me ponía, más sumisa me volvía.

Desde el fatídico día que me descubrió jugando con sus braguitas y sus medias ya no me volvió a otorgar el placer ni el honor de utilizar las prendas que ya no eran dignas de ella, y desde entonces me tenía que buscar yo mi propia ropa interior, de manera que si no le gustaba lo que me compraba me castigaba con sus malévolas ideas. Mi situación era de total y completa sumisión. El día de la Jefa se seguía produciendo y a su casa tenía que ir a cumplir con mi obligación y sus deseos cada semana como una buena perrita, arrodillándome ante Ella. Cuestión que me encantaba, porque así podía disfrutar de su magnífica vista desde abajo, como una buena perrita.

Ella se acercaba a mí y apenas dejaba que, sin rozarla si quiera, pudiera oler sus piernas, sus pies, y sobre todo, que pudiera respirar su poder. Yo aspiraba tanto como podía y disfrutaba del ambiente de orden y mando que ella creaba. Cada lunes a primera hora y sin falta, tenía que entregarle un planing de mi semana y de la de mi mujer. Así sabía en que momento podía utilizarme respetando mi matrimonio. Pero me follaba en el trabajo, en un bar, en un parking… como y cuando le daba la gana.
– Putita, te quiero en cinco minutos en el servicio y bien preparada – y allí debía estar yo.
– Putita, a la una en mi despacho a cuatro patas – y allí estaba yo.
– Putita, hoy vas al bar donde desayunamos normalmente y me esperas en el lavabo de mujeres – y allí la esperaba yo.

Incluso me llegaba a decir:

– Putita, esta tarde tu mujer sale de 5 a 7. Prepárate que te haré una visita…
En algunas ocasiones ni siquiera aparecía y por supuesto no daba explicaciones de ningún tipo. Pero allí donde ella mandara debía estar yo. Tenía que ponerme braguitas y medias bajo los pantalones como norma general y si por cualquier causa, aunque no fuera mi culpa, no se podían cumplir sus deseos, había que echarse a temblar.

Ella no me maltrataba con látigos, ni azotes, apenas con ataduras. Sólo me humillaba y me ponía el caramelo en la boca pero no me dejaba que lo saboreara. No podía porque al instante me lo quitaba.
Para mí esta situación era un bendito sufrimiento y a ella le encantaba ver como yo sufría. La verdad es que yo no sabía hasta donde iba a llegar esta situación, pero me encantaba.

En muchas ocasiones me decía:
– Putita, hoy mi marido tiene ganas de follarte – y me ofrecía a él y a sus deseos.
A su hombre le gustaba follarme en los servicios públicos de los centros comerciales. Y allí debía estar yo preparada para recibir el falo de Iván, siempre bien duro como una roca y bien caliente como un volcán, y que dejaba mi culito destrozado porque era insaciable y bastante más grande que los penes de goma de mi Jefa. Aunque estuviésemos en un baño público siempre me follaba como mínimo durante una hora, y además yo tenía que tener la previsión de estar bien lubricada porque él directamente llegaba, se sacaba la verga y me la clavaba entera hasta los huevos y sin piedad. Además, también debía ser muy discreta, porque cuando notaba que me llegaba el gusto, como sabía que no podía gemir, me arremetía con fuerza y me daba más placer para que no pudiera aguantarme. Y lo hacía cuando entraba gente. Yo me tenía que morder la lengua para no descubrir lo que estaba pasando dentro del servicio y muchas veces se notaba como el chorreón de mi lechecita hacía ruido al caer en el suelo o en la tapa del wc.

Otra de las cosas que más le encantaba a Iván era atarme las manos y los pies a una silla de manera que mi culito quedara bien ofrecido. Así se llevaba horas follándome y como su mujer le explicó el secreto de mis múltiples orgasmos, él aprendió a hacerlo con su polla y yo me corría y me vaciaba como una loca cuando me clavaba justo en la próstata su enorme cabezón quedando realmente exhausta y perdiendo la cuenta en muchas ocasiones. Ya ni siquiera me salía la lechecita en los últimos, pero esos eran los que, a falta de la expulsión de líquidos, sacaban de mí los gemidos y los alaridos más fuertes de placer. Iván se volvía loco cuando eso ocurría y normalmente, cuando llegábamos a ese punto, descargaba su leche hirviendo dentro de mí. Esa calentura siempre hacía que llegara a otro orgasmo mucho más amplio y relajado.

A veces me gustaba más como me follaba Iván que mi Jefa, porque él descargaba en mí, cosa que ella no podía hacer. Pero eso no se lo podía decir a Ella jamás en la vida, porque de seguro, acabaría drásticamente con mi mágica agonía. Además, si no fuera por Ella, él no me daría lo que me daba. Así, que ese secreto tenía la obligación de mantenerlo sólo conmigo, por mi bien. Además, estaba segura de que Iván hacía las delicias de su hembra con toda seguridad y que a mí me follaba sólo por el morbo de follarse a una nenita con pene. Y otra cosa era que yo siempre estaba de espaldas y con los ojos cerrados porque Iván era todo un hombre y no le iba eso de ponerse lencería ni depilarse, cosa que a mí no me ponía. Aunque Iván me daba buenas folladas no me daba la sensualidad de mi Jefa y eso era por lo que yo había llegado a esta situación.

Lo de que Iván me follara no ocurría con demasiada frecuencia ya que yo era la puta de mi Jefa y Ella ocupaba la mayor parte de mi tiempo, si no follándome, haciéndome cumplir con mis labores de limpieza y orden de su habitación y cuando ella no sabía que hacer conmigo entonces Iván pasaba a la acción. En otras ocasiones que me ofrecía a su marido, éste también llamaba a un amigo suyo y ambos me utilizaban mientras bebían y gozaban de una puta que no les cobraba dinero por sus servicios. Estas ocasiones no resultaban demasiado placenteras, ya que ellos sólo se dedicaban a pasárselo bien y yo sólo era su nena objeto. Simplemente me subían la falda, me bajaban las bragas y me follaban con sus enormes vergas. De todas formas tenía que portarme bien, porque mi Jefa tenía completo conocimiento de todo lo que pasaba aunque ella no estuviera presente. Me gustara o no, era deseo de Ella y yo debía cumplir. Al final, el hecho de sentir un pene duro en mi interior, siempre acababa poniéndome cachonda como una perra.

Otras de las situaciones por las que a mi Jefa le encantaba que yo pasara era por la de ser sodomizado por ciertas amigas suyas, que de seguro, no estaban demasiado satisfechas con sus maridos. En este caso era sodomizado por que no me vestían de nena. Ellas se reunían en casa de mi Jefa para despotricar y les gustaba dominarme como si yo fuera alguno de sus parejas. Me desnudaban por completo y me follaban una a una con sus strapon y sus pollas de goma. Esta situación tampoco era de mi agrado, pero al final, acababan poniéndome dura y teniendo orgasmos. A ellas también les contó mi Jefa el secreto de mis orgasmos, pero no tenían mucha habilidad y normalmente se cansaban antes de conseguir mi explosión. Al final, sólo querían descargar sobre mí lo que no eran capaces de descargar sobre sus maridos y sólo me follaban por pasar un rato de diversión alejado de sus monótonas vidas.

La verdad es que mi Jefa me había convertido en una putita objeto de deseo para Ella y para su entorno. Realmente había aprendido a ser una mujer y había tomado el estilo de Ella, y aunque no le hacía sombra, por supuesto, ya que no tenía tetas, ni su cuerpo, ni sus espléndidas piernas y pies, mi aspecto era bastante deseable. Cuando me miraba al espejo yo misma me ponía dura y yo misma sentía deseos de follarme. Notaba como creaba espectación en el entorno de mi Jefa. Eso también lo sabía mi Jefa, por supuesto. Ella me había creado y casi respiraba por mí.

Mi Jefa me probaba y me tentaba dejándome a solas en su habitación con mucha frecuencia sabiendo lo que me gustaba estar en contacto con su ropa y con su ropa interior sobre todo. Me había convertido en fetichista de sus medias sobre todo. Yo sólo me dedicaba a ordenar y limpiar, porque sabía que si hacía de nuevo lo que hice una vez, las consecuencias podrían ser fatales. Pero un día no pude resistir la tentación.

Como siempre, cuando llegó el día de la Jefa estaba en su casa perfectamente preparada con mis tacones, mis medias y la ropa que correspondió ese día. Pero no sé por qué, ese día estaba más nerviosa y cachonda de lo normal y Ella pareció notarlo:
– Sube a mi habitación y ordénalo todo que esta semana ha sido un desastre – me dijo cuando llegué.
Yo subí y empecé mi trabajo. Realmente había sido una semana atareada por lo que pude observar. Tenía toda su ropa desordenada y tirada por todos lados. Lo ordené todo con cierta rapidez, pues ya sabía como debía hacerlo. Cuando terminé, como hacía de costumbre y mi Jefa sabía, me acerqué a la cara para respirar la fragancia de unas medias. Éstas estaban como aisladas de las demás. Su olor apareció más fuerte de lo normal. Parecía que tal vez las hubiera usado más de un par de veces y había aumentado. No tuve más remedio que respirar unas cuantas veces más. Su aroma me volvió loca y no pude resistir la tentación. Me quité mis medias y me puse las de mi Jefa.
No contenta con la situación busqué entre sus zapatos y encontré los que seguro se había puesto con las medias. Me los calcé y me tumbé en el butacón frente al espejo para mirarme

Estaba totalmente excitada y disfrutando del momento. Se me olvidó por completo donde estaba hasta que llegó Ella y me bajó de mi nube.
– Lo sabía putita. Yo lo sabía – me dijo causando mi sorpresa – sabía que más tarde o más temprano caerías. No tienes solución. Sabía que este momento iba a llegar.
– Lo siento mi Señora – balbuceé yo – no he podido evitarlo. Su aroma me cautiva y me…
– No pasa nada, sólo era cuestión de tiempo – me dijo comprensiva.
– Cámbiate con cuidado no me las estropees. Estas me gustan mucho y me costó trabajo conseguirlas.
Me cambié con sumo cuidado y las guardé con primor en su lugar correspondiente. Me volvía a mi casa con una extraña sensación. Pero me volví tranquila. Mi Jefa no parecía enojada.

La semana transcurrió con total normalidad. Yo le entregué el planing de la semana el lunes y ella procedió con normalidad el resto de la semana.
No noté nada raro. Se estaba portando conmigo con total normalidad, como siempre. Me folló varias veces en los servicios del trabajo, me dejó esperando una mañana completa en su despacho sin aparecer y también me folló en los ascensores de una institución que tuvimos que visitar.
Al cabo de dos o tres días me dijo:
– Esta tarde parece que tienes un buen rato por libre ¿verdad? Prepárate que tengo ganas de hacerte una visita. Estaré a las 6.

Yo me preparé como había hecho en múltiples ocasiones. Ella sólo se presentó en mi casa un par de veces de las decenas que me decía que iba a venir. Pero este día sí se presentó, a las 6 en punto. Yo estaba atenta para que no tuviera que llamar y la recibí como se merecía. Entró y tal como lo hizo descubrió un enorme consolador que llevaba dentro de los pantys entre las piernas y me dijo:
– Tengo muchas ganas de follarte, putita. Hoy estoy muy cachonda. Tu mujer no viene hasta las 8 y media, así que tenemos un buen rato. Vamos a aprovechar.

– Vístete que vamos de compras – me dijo.
Yo me quedé sorprendida. Pero me cambié y nos fuimos de compras.
Entramos en una tienda de lencería que ella solía visitar y me hizo probarme un conjunto en el probador. Cuando estaba vestida salió del probador con la excusa de ir a buscar otra cosa porque no terminaba de gustarle lo que tenía.
Me dejó sola dentro del probador un buen rato y de pronto…

Entró la dependienta. Yo me quedé completamente inmóvil y sin saber que decir. La dependienta, una jovencita de no más de 23, parecía gratamente sorprendida
– Jijijiji – reía con más vergüenza que yo.
– Me ha costado convercerla para que viniera – dijo mi Jefa por detrás
– Así deberías vestir a tu novio – le dijo a la dependienta – ya verás lo bien que te lo vas a pasar
A mí se me endureció el pene ante la situación que me encontraba.
– ¿Ves como le gusta? – dijo de nuevo mi Jefa – eso se nota en seguida
– Jijijiij – seguía riendo la dependienta.
Y acto seguido y ante la sorpresa de la dependienta, se sacó el mango que tenía entre las piernas, se bajó los pantys, me obligó a mostrarle mi culito y me lo clavó sin piedad.

Suerte que en la tienda sólo se podía entrar llamando a un timbre y abriendo desde dentro, porque llamaron. La dependienta cerró el probador, atendió con celeridad y rápidamente volvió para terminar de ver el espectáculo.
Lógicamente mi Jefa esperó a la dependienta para terminar, puesto que sabía bien como sacarme mi lechecita. Cuando terminamos, compramos el conjunto que mi Jefa eligió para mí y nos despedimos.
– Vuelvan ustedes cuando quieran, jijijii – nos dijo la dependienta
– Volveremos, te lo aseguro – dijo mi Jefa – pero te avisaré antes para que traigas a tu novio.
Y la dependienta rió de nuevo y dijo – de acuerdo.

Volvimos a mi casa. Eran sólo las 7 de la tarde, así que teníamos una hora más, más o menos. Mi Jefa me dijo:
– Tengo una sorpresita para ti. Mira, quítame los tacones y las medias. Hoy quiero que te las pongas
Eso me dejó completamente perpleja. Pero sin dudarlo por un segundo no fuera a ser que mi Jefa se arrepintiera, me puse de rodillas y acerqué mi cara y mis manos con sumo cuidado a sus pies y empecé.
Fue realmente maravilloso. Hacía cierto calor y los pies de mi Jefa estaban algo sudados también por todo lo que habíamos hecho antes.
La fragancia me cautivó al instante. Lo hice lo más despacio que pude para no causar daños y también para saborear cada respiración que hacía al lado de sus pies. Los pantys de mi Jefa eran realmente finos y tenían refuerzo en el talón y en la puntera y yo estaba teniendo el honor y el placer de poder tocarlos. Que cachondísima estaba.

Después me los puse también con sumo cuidado para no dañarlos. Pude notar que el calor de sus pies permanecía aún en los pantys y antes de ponerme los zapatos los acerqué a la cara para olerlos con intensidad. Estaban calientes y un poco húmedos del sudor. La mezcla del olor de sus pies con el cuero nuevo de sus tacones me dejó de nuevo éxtasis. Me los puse y pude notar en mis pies el calor de los suyos.


Estaba completamente ilusionada, con los pantys de mi Jefa. Nunca pensé que me dejara ponérmelos y menos cuando aún se podía sentir su calor y su intenso aroma embriagador. Me sentía más puta que nunca.
Mi Jefa sonreía con complicidad.
– Eres una putita muy mala, pero es que me encanta hacerte sufrir para ver como disfrutas después
Me sentí totalmente complacida
– Siento lo del otro día, Señora – dije yo – es que no puedo resistirme. Sus pies, sus piernas, su aroma, su poder sobre mí… Haría cualquier cosa…
– Lo sé putita, lo sé – dijo mi Jefa – me encanta tenerte dominada y me encanta que seas mía. Me encanta entregarte a mis amigas y a mi marido. Me encanta usarte y ver como te usan. Eres mi puta y quiero que lo sigas siendo
– Lo soy, Señora – dije yo completamente sometida – Usted sabe que yo haría cualquier cosa por seguir siendo su puta.
Y mi Jefa comenzó a follarme

Me rompió las medias y me clavó el pollón de goma. Cuando le parecía el momento, me lo sacaba y me metía el dedo gordo de sus preciosos pies. Y después me metía el índice de sus manos tocando ahí donde sabía que más me gustaba, pero parando justo antes de escupir mi lechecita me decía al oído susurrando:
– No te corras todavía putita. Hoy sólo quiero uno grande para el final – me dijo mi Jefa pidiendo más que ordenando.
Después me volvía a meter el pollón de goma y sus dedos en la boca. Yo chorreaba por mi culito y por mi boca y hacía verdaderos esfuerzos para que no se saliera mi lechecita, porque mi Jefa me lo había pedido.

Me ató una correa al cuello y tirando de ella me follaba y me decía:
– Hoy vas a ser completamente mía
– Claro que sí Señora, soy completamente suya. Hoy y siempre – decía yo más excitada y ofreciéndole mi culito generosamente para que no parara de follarme.
– Yo soy su puta – decía yo casi corriéndome del gusto cuando notaba como me penetraba. Pero ella tiraba del collar que había puesto en mi cuello como si fuera su yegua para detener mi cabalgada y la inminente corrida.

Justo en ese momento, se abrió la puerta de la habitación donde estábamos y apareció mi esposa


Mi Jefa me tenía completamente clavada, tirando con fuerza de la correa que me había puesto. Mirando de reojo a mi mujer arremetió justo en mi próstata con la habilidad que le caracterizaba haciendo que escupiera toda mi lechecita en ese preciso momento y a la vez arrió la correa para que se escuchara mi gemido de placer.

Mi mujer acababa de contemplar como otra mujer me estaba cabalgando y como yo le había declarado con todas mis ganas que quería ser su Puta, con mayúsculas.

Como siempre, mi Jefa lo tenía todo sumamente controlado. Me había provocado para que me pusiera otra vez su ropa interior. Caí en la trampa. Después me trató con cariño para que me confiara y yo me confié, creyendo que mi castigo fue mostrarme a la dependienta de la tienda de lencería. Caí de nuevo en su trampa. Después me ofreció lo que yo más quería para hipnotizarme y hacerme perder la noción del tiempo y efectivamente lo consiguió, perdí la noción del tiempo. Me puso muy cachonda y como ella ya sabía, cuanto más cachonda me ponía, más sumisa me volvía. Finalmente y habiendo conseguido que no me corriera asestó su golpe maestro justo cuando entró mi mujer. Sabía que no tendría que hacer mucho para que yo expulsara mi lechecita en el momento en que ella apareciera.

La venganza de mi Jefa se había consumado.

Fin

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