CARICIAS PROHIBIDAS

CARICIAS PROHIBIDAS
¿Nunca te ha pasado que te gustaba una persona, y a esa persona también le gustabas tú, pero un entrometido no os dejaba en paz? A mí me ha pasado en alguna que otra ocasión, y la verdad es que resulta una sensación bastante incómoda y tensa, aunque de tarde en tarde todo se resuelve felizmente, con en esta ocasión.

Mis amigos y yo siempre intentamos ir de excursión a algún lugar por Semana Santa. Un año tuvimos muchos problemas para coincidir, pero al final logramos pasar una noche en un pueblecito muy acogedor, donde los padres de uno de mis amigos tenían una casita con un único dormitorio, si bien disponían de un salón muy grande donde podíamos echar un puñado de colchones y sacos de dormir.

Entre la gente que vino se encontraba Roberto, que es muy pesado con las chicas, y una compañera de la facultad de la que no se separaba en momento alguno. A pesar de todo, la chica no tenía demasiado interés por él, por lo que se pasó buena parte de la primera mañana charlando con nosotros. Por pura casualidad acabamos sentándonos juntos a la hora de comer, y la verdad es que no paramos de hablar y tirarnos algunas insinuaciones, que a la hora del café ya eran bastante descaradas, y a la hora de la cena se tradujeron que algunas abrazos y besos casi inocentes. Lo normal habría sido que nos perdiéramos, pero Roberto no dejaba de marcarnos, pensando que si él no se besaba con ella, ninguno de sus amigos lo haría. Tonterías de niño pequeño, solo que Roberto tenía veintitantos años.

Por la noche, mientras veíamos la procesión que recorría el pueblo, pensamos que lo mejor sería perdernos entre la multitud y no ir a dormir. Desgraciadamente, cuando estábamos a punto de desaparecer, rompió a llover un diluvio tal que no nos quedó más remedio que marcharnos a la casa de nuestro amigo con el resto del grupo, bien escoltados por Roberto. Cada cual se echó a dormir donde buenamente pudo. Había dos sofás, uno grande y otro bastante pequeño, y también había tres colchones que colocamos sobre el suelo como buenamente pudimos. Aquello era un caos, y resultaba imposible cruzar el salón sin pisar a alguien o tropezarse con algún mueble, pero afuera llovía a cántaros y no nos quedaba otro remedio. Yo ya me había concienciado de que no iba a poder hacer nada con aquella chica, pero al menos me quedaba el consuelo de poder dormir abrazado a ella. La idea de estrangular a Roberto en mitad de la noche estuvo rondando por mi mente hasta que me quedé dormido.

Hay que añadir que dormir fue toda una odisea. El uno tosía y el otro roncaba, el ruido de la lluvia golpeando contra la ventana no ayudaba, y el ruidoso motor de un coche bajando la calle de tarde en tarde tampoco incitaba a dormir. Sin embargo, estábamos cansados, el cuerpo de mi compañera de colchón estaba caliente y su respiración contra mi pecho me fue acunando hasta que perdí la conciencia.

En mitad de la noche me desperté con un cosquilleo extraño. Al principio no entendí que pasaba, pero a pesar de la oscuridad y el aturdimiento acabé comprendiendo que una mano acaricia suavemente mi pene, que no había tenido la decencia de esperar a que me despertase para ponerse erecto. La respiración de mi compañera me hizo comprender que estaba despierta y que era la culpable de aquel juego bajo las mantas. Dos de sus dedos se movían con absoluta precisión, acariciando con movimientos cortos y rápidos mi entrepierna. La sensación era simplemente gloriosa, y pronto comprendí que la facilidad con la que acariciaba mi piel se debía a que cada poco se pasaba los dedos por la lengua, usando su propia saliva para deslizarlos sin resistencia.

Intenté besarla, pero al moverme me detuvo con la mano, y acercándose a mi oído me susurró: “No te mueves. No, no digas nada…” y a continuación, añadió en un tono aún más bajo “Déjame a mí”. Y la dejé. Sus dos dedos siguieron deslizándose por mi pene y me hicieron sentir cosas que no sabía que uno podía experimentar. Era como si una descarga eléctrica recorriera mi ser, y aunque todo mi cuerpo pedía a gritos que agitase mi pene a más velocidad, me resultaba totalmente imposible, ya que no era yo quien controlaba lo que estaba pasando.

Intenté dejar mi cuerpo quieto, relajado, pero no era posible. “Shhh,” me susurró nuevamente al oído, muy flojito. Mis manos se aferraron al colchón y mis piernas se estiraron al máximo, pero era imposible, y ella tuvo que darse cuenta, porque antes de que se me escapase el más mínimo ruidito por entre los labios me puso su otra mano en la boca y a presionó muy fuerte. Sus dedos seguían deslizándose, con su lengua dándoles algo más de saliva de vez en cuando, y mis ojos se fijaron en los suyos. Ella manejaba la situación y yo me sentía totalmente perdido, sin saber que hacer, así que simplemente me dejé llevar por aquel goce. No pude evitar correrme a la par que pensaba “Hazme lo que quieras”.

Retiró la mano de mi entrepierna y volvió a lamerse los dedos. La idea de que tuviesen algo de mi esperma me hizo estremecerme, aunque realmente estaba muy oscuro y tan solo podía ver su figura. Volvió a apretarse contra mí y, sorprendentemente, antes de que me diese cuenta ya se había quedado dormida. Yo no pude pegar ojo en lo que quedaba de noche, así que acabé saliendo pronto del colchón para ducharme y borrar toda prueba del “delito”.

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